Para nada puede sorprender que el Giro vuelva a salir de fuera de sus fronteras, al igual que sus dos compañeras en la categoría de grandes vueltas. Este año la ronda transalpina es la que se va más lejos, nada menos que a Bulgaria. Y como suele suceder, dándole poca trascendencia a la parte deportiva.
La primera etapa se disputará por la orilla del Mar Negro, entre la turística Nesebar y la más industrial Burgas, en un recorrido plano, donde se puntúa una mínima ascensión dos veces para dar el maillot de la montaña. Veremos curiosos paisajes, pues la zona está llena de lagunas costeras, un poco de antropología de los países del antiguo Pacto de Varsovia, y un sprint para decidir al primer maglia rosa.

La segunda jornada es la única del tríptico búlgaro que puede tener algo de interés deportivo, pues tiene dos ascensiones, de poco nivel, a mitad de recorrido, pero sobre todo una cota bastante dura a apenas 11 kilómetros de meta. Es el primer lugar donde los candidatos a la victoria final deben estar atentos.

La aventura búlgara se termina en la capital del país, Sofía. Durante el día se subirá el puerto más exigente en este país, pero cuando aún quedan 70 kilómetros a meta, por lo que de nuevo la resolución más probable es la llegada masiva.

Salir del exterior siempre conlleva el peaje de los largos traslados, pero es que el Giro en esto se lleva la palma. Mientras que Tour y Vuelta vuelven a su territorio por un punto cercano a la frontera más próxima al punto de origen, el Giro no piensa en esos conductores de camiones, coches y autobuses que deben cruzar media Europa para llegar al punto de partida de la cuarta etapa, que ha situado en Catanzaro, Calabria, al sur de la península itálica. Y no es la primera vez que hace esta insensatez. Al menos la jornada es corta, por lo que habrá cierto margen, pues hay un día de descanso entre la jornada previa y esta. Deportivamente, tiene el mismo corte que la llegada a Sofía, con un puerto intermedio, más duro que el búlgaro, pero de nuevo con mucho tramo cómodo hasta meta.

La llegada a Potenza podría parecer que tiene un esquema similar, pero el recorrido previo es un poco más accidentado, el puerto principal, Monte Grande de Viggiano, es bastante duro, y el terreno posterior mucho más complicado, con un repecho exigente en las mismas calles de Potenza. Una jornada similar, más exigente, se disputó con el mismo final en 2021 y triunfó Ken Bouwman desde una escapada.

En la sexta etapa vuelve un clásico a estos análisis previos, la llegada a Nápoles, que albergará una meta por sexta vez consecutiva. Esta vez, como en casi todas las anteriores, nos obsequiarán con una llegada al sprint, pues el recorrido tiene una parte final básicamente urbana.

Al séptimo día llega la primera gran prueba para los candidatos a la victoria final, con la llegada al Blockhaus. La etapa empieza con un sinsentido, pues se hacen 50 kilómetros alrededor del punto de salida, en Formia, para que la etapa tenga un total de 244. Está bien apostar por recuperar las etapas largas, pero hacerlo de esta forma es contraproducente. Antes de la subida final hay un terreno pesado, con la ascensión histórica de Roccaraso, pero todo debería decidirse en las rampas del coloso de los Abruzzos.

Tras la intensa pelea del día anterior, atención a dejarse llevar en esta octava jornada. Es la típica llegada en las proximidades del Adriático, una zona llena de cortas pero exigentes ascensiones a múltiples localidades históricas. Es lo que ocurre en esta ocasión, con cuatro puertos puntuables en los últimos 60 kilómetros, con la subida final a Fermo por el muro de Vía Reputolo.

La semana termina con una llegada en alto tras un recorrido plano entre la salida en Cervia y Brescia, desde donde se gira para ir subiendo a Corno alle Scale. Por la configuración de esta subida, todos los movimientos importantes deberían darse en los 2 kilómetros finales.

