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Campeones sin corona: Boonen y el muro de la Omloop

Hablar de Tom Boonen es hacerlo de una dimensión histórica muy concreta del ciclismo: la de las carreteras estrechas, el pavé irregular y las carreras que no admiten medias tintas. Su palmarés en las clásicas adoquinadas mayores no admite discusión y lo coloca, por número de victorias y dominio prolongado, en la cima absoluta de la especialidad. Sin embargo, dentro de ese territorio que parecía hecho a su medida hubo una excepción persistente, casi obsesiva. Hablamos, claro de la Omloop Het Nieuwsblad. La carrera que tradicionalmente abre el calendario flamenco el último sábado de febrero fue también la única gran clásica de pavé que Tommeke nunca logró ganar, pese a haber estado cerca en numerosas ocasiones y a haber subido cuatro veces al podio.

La relación de Boonen con la Omloop fue de una persistencia casi conmovedora. Desde sus deslumbrantes inicios allá por los primeros 2000 hasta el tramo final de su carrera, el belga utilizó la prueba como termómetro de forma y como primera gran cita del año en su terreno natural. Pero ese campo de pruebas para cita mayores acabó convirtiéndose en su obsesión a medida que el resto de desafíos iban cayendo, algo que nunca sucedió con la Omloop. A menudo protagonista (en la Omloop fue donde convirtió el Molenberg, el muro que hay en su localidad natal, en el «Boonenberg», el muro donde Boonen desataba su tormenta un año sí y otro también), otras actor secundario, y en no pocas ocasiones atrapado en esa imprecisa zona gris en la que un corredor está donde debe, pero no exactamente cuándo debe. Esa irregularidad explica que, pese a su continuidad, la Omloop nunca terminara de rendirse a él.

La primera gran oportunidad llegó en 2005, todavía bajo la denominación de Omloop Het Volk. Boonen se presentó como uno de los hombres más fuertes del pelotón y respondió a las expectativas. La carrera se endureció como era habitual en los tramos de pavé y llegó a meta un grupo reducido. Allí, el belga tuvo que conformarse con el segundo puesto, dando tiempo a un pelotón que se vio superado por Nick Nuyens, que llegó con una escasa renta de 14”. Fue una derrota ajustada, de esas que no dejan sensación de oportunidad perdida sino de simple inferioridad puntual, pero que ya anticipaba una constante: Boonen siempre estaba, pero casi nunca era el primero en cruzar la línea.

Dos años más tarde, en 2007, volvió a subir al podio, esta vez al tercer escalón. La carrera se resolvió a favor de Filippo Pozzato, con Juan Antonio Flecha segundo. Boonen formó parte del grupo que se jugó la victoria final, aunque sin la chispa final necesaria para disputar la victoria. Fue una Omloop de control más que de ataque, en la que el belga pareció correr con la prudencia de quien cree que antes o después llegará a su objetivo. Pero el pavé rara vez perdona esa cautela.

El segundo puesto de 2012 fue, probablemente, el más inesperado de todos. Boonen llegaba en uno de los mejores momentos de su carrera (ya había ganado en San Luis y Catar y más tarde lo haría en Niza para firmar una histórica primavera con el póker de victorias en las «piedras»: Harelbeke, Gante, Flandes y Roubaix) y la Omloop se desarrolló como una auténtica prueba de desgaste. El grupo delantero quedó reducido a unos pocos hombres en los que Boonen era claramente el más rápido pues sus compañeros de esprín no eran otros que Sep Vanmarcke y Juan Antonio Flecha, siendo la victoria final para el belga del Garmin. La sensación, esta vez sí, fue la de haber dejado escapar una victoria que parecía al alcance de la mano. No por un error táctico evidente, sino por esa mezcla de factores mínimos que, en las clásicas, separa el triunfo de la estadística.

Stannard protagonizó uno de los “robos” de la pasada década en la Omloop de 2015

El último podio llegó en 2015, en una edición que ha quedado como una de las más recordadas de la historia reciente de la carrera. La victoria fue para Ian Stannard, por delante de Niki Terpstra, mientras Boonen completaba el podio. Aquella Omloop estuvo marcada por la abrumadora superioridad táctica del Etixx-Quick Step, que llegó a juntar hasta tres corredores en el cuarteto de cabeza (a Terpstra y el propio Boonen hay que sumarle a Stijn Vandenbergh, cuarto en meta). Más de diez años después sigue resultando imposible explicar cómo se le escapó esa victoria a la escuadra de Lefevere.

Entre esos podios se sucedieron ediciones discretas, participaciones sin brillo y alguna jornada marcada por caídas o problemas que lo apartaron de la lucha real (sólo tiene un top 10 fuera del podio, en 2003, que hizo quinto). En conjunto, la Omloop fue para Boonen una especie de espejo deformante de su grandeza en las clásicas. Mientras dominaba con autoridad pruebas como Roubaix o Flandes, la carrera inaugural del pavé belga se le resistía año tras año, como si jugara con reglas ligeramente distintas.

Ese contraste final invita a una reflexión más amplia. En el ciclismo, como en el deporte en general, existen relaciones de amor y desencuentro entre deportistas y competiciones. Hay pruebas que parecen escritas para un campeón y, aun así, se le niegan una y otra vez. La Omloop fue eso para Tom Boonen: la clásica que siempre estuvo cerca, pero nunca fue suya. Y quizá ahí radique parte de su encanto, recordándonos que incluso los más grandes encuentran, en su camino, una carrera esquiva que resiste cualquier intento de conquista.