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JAN RAAS Y LA AMSTEL GOLD RACE: CINCO VICTORIAS PARA DEFINIR UNA CARRERA

Jan Raas ganó por primera vez la Amstel Gold Race, la carrera aún estaba lejos de ser el monumento oficioso que hoy nadie discute. Y él mismo tampoco era, todavía, la referencia absoluta del ciclismo neerlandés ni uno de los grandes especialistas en clásicas de su tiempo. Ambas cosas —corredor y carrera— crecieron juntas, se legitimaron mutuamente y acabaron fundidas en una relación simbiótica que explica como pocas la historia del ciclismo de finales de los años setenta y primeros ochenta.

A comienzos de esa década, Jan Raas era ya un corredor respetado. Campeón del mundo en ruta en 1979 y ganador de etapas en el Tour de Francia, su nombre sonaba con fuerza en el pelotón internacional, pero aún no tenía un territorio propio, una carrera que lo definiera. En los Países Bajos, además, la Amstel Gold Race era una clásica joven, creada en 1966, irregular en su recorrido y todavía en busca de prestigio frente a los grandes colosos belgas y franceses del calendario primaveral.

La primera victoria de Raas en la Amstel llegó en 1977. Al Cauberg llegaron cuatro neerlandeses, algo que ya nos habla del carácter local que todavía tenía la carrera. Raas era uno de ellos, obviamente. Schipper, Ebo-Superia, y los Ti-Raleigh Knetemann y Kuiper, los otros dos. Pero en la resolución final sólo iban a estar estos dos último junto a Raas, que se impuso al esprint después de que tanto Knetemann como Kuiper intentasen soltarle. Sin éxito.

Un año más tarde, en 1978, la historia se repitió con matices. Raas volvió a imponerse, esta vez con mayor autoridad, en una carrera más controlada por su equipo y con un desenlace que evidenció su capacidad para rematar después de una jornada nerviosa. Entre sus principales rivales figuraban estrellas como Joop Zoetemelk, Freddy Maertens o Francesco Moser. Y por supuesto los Knetemann o Kuiper, compañeros de podio de Raas un año antes. La carrera estuvo marcada primero por el mal tiempo (tras 180 kilómetros de carrera sólo quedaban cuarenta ciclistas en competición) y después por el decisivo ataque de Raas a 12 kilómetros de meta y ante el que nada pudieron o supieron hacer sus rivales, permitiéndole llegar con más de un minuto de ventaja sobre un grupo de cuatro corredores liderado por Moser.

La tercera victoria, en 1979, tuvo un valor especial. Raas llegaba como campeón del mundo y ya no corría desde la sorpresa, sino desde la obligación, era la rueda a vigilar. Y, aun así, volvió a imponerse, esta vez tras un ataque quirúrgico en los kilómetros finales, poco después de que hubiesen cazado a Pascal Simon, uno de los protagonistas del día y que a su vez había hecho lo propio con el Kas Joseph Borguet. En este caso Lubberding y Nilsson eran sus compañeros en el podio. Ganar tres veces una misma clásica, y hacerlo de manera consecutiva, situaba a Raas en una dimensión histórica y elevaba definitivamente el estatus de la Amstel Gold Race dentro del calendario internacional.

En la primera edición de la década de los ochenta Raas firmaría una cuarta victoria consecutiva certificando un ciclo victorioso difícilmente repetible. Fue, probablemente, la más estratégica de todas pues la carrera se endureció desde lejos, sí, pero se resolvió en un agónico sprint final de trece corredores en el que figuraban nombres como Bernard Hinault o Sean Kelly. La Amstel ya no era una carrera de “andar por casa”

La quinta y última victoria llegó en 1982 y tuvo un carácter casi crepuscular. Raas ya era una figura consagrada, un corredor con un palmarés imponente, y su dominio en la Amstel se había convertido en una referencia histórica. Aquel triunfo no fue el más espectacular, pero sí hablaba mucho y bien de la versatilidad del neerlandés, que logró sorprender a sus compañeros de fuga con un ataque dentro del último kilómetro. Cinco victorias en una misma clásica, un récord que aún hoy permanece intacto, y la sensación de que nadie volvería a establecer una relación tan profunda con esta carrera. Y cinco victorias conseguidas todas ellas de maneras muy distintas: al sprint, en solitario, sorprendiendo en el kilómetro final…

Para la Amstel Gold Race, las victorias de Raas supusieron un salto cualitativo definitivo. Pasó de ser una clásica joven y algo errática a convertirse en una prueba imprescindible del tríptico de las Ardenas, capaz de atraer a los mejores corredores del mundo y de ofrecer una mística propia. Raas capital a la hora de proporcionarle esa identidad; la Amstel, a cambio, le dio un escenario donde construir su leyenda.