Hace tiempo se decía: tiene una planta y ha ganado la mayoría de carreras de su categoría o, simplemente, tiene mucha clase. Hoy día esas especulaciones se transmiten con otras palabras, pero con el mismo fondo: ha movido equis vatios y tiene un VO₂ max como la torre Eiffel. Comentarios que me suenan a chino mandarín. Además de eso, no hacen más que señalar, cargar de una presión innecesaria y, en varias ocasiones, enterrar vivas las proyecciones de no pocos ciclistas.
Destacar en categorías inferiores simplemente puede o no ser significativo de cara a lo que vendrá. Vamos, que no deja de ser un dato más. Un dato: el proceso madurativo como deportista, que, al igual que en otros aspectos de la vida, no sigue una pauta que pueda ser generalizada. Por lo tanto, cuando una nueva figura emerge con fuerza, lo mejor es, simple y llanamente, tener paciencia. Una paciencia que ni la prensa ni la sociedad tienen, ni parecen querer tener, en un mundo en el que todo se exige para ayer a más tardar.
El talento no lo es todo
Grandes figuras deportivas, y ciclistas concretamente, hay pocas. Llegan a ese Olimpo que es la élite tras superar una auténtica selección natural. Con esto no nos referimos únicamente a los datos fisiológicos, sino a evitar o superar lesiones, accidentes, elección de un entorno acorde a las necesidades, personalidad o la simple capacidad de gestionar el hecho de estar fuera de casa en un ambiente un tanto impersonal, de hotel en hotel la mayoría del tiempo. Muchos factores, que son difíciles de apreciar y complicados de entender desde el punto de vista externo en el que nos encontramos.
El profesionalismo deportivo es un mundo hostil, expuesto a medios de comunicación, presionado por exigencias resultadistas de dirigentes y marcas comerciales. En medio de toda esa vorágine, la mayoría de las veces nos encontramos a una persona joven, que lo más normal es que no se haya desarrollado como persona por diferentes motivos.

Con todo esto, no debemos caer en el victimismo y culpar a un sistema de por sí agresivo, sino señalarlo como un factor más a tener en cuenta. A su vez, no debemos olvidarnos de que hay ciclistas que evolucionan-maduran muy pronto y llegan a su tope de potencial antes que otros, arrasando de manera literal en categorías inferiores.
Talentos que no llegaron
Dicho esto, vamos a nombrar a una serie de corredores que, a más de uno, despertarán bonitos recuerdos y no poca nostalgia.
Corría junio de 2005 cuando, en el esprint final del campeonato nacional alemán de ruta, un joven de apenas dieciocho años se imponía a los velocistas referentes del país, como Robert Förster y Erik Zabel.
Este chico no era otro que Gerald Ciolek, que defendía los colores del equipo continental AKUD Arnolds Sicherheit. Pese a los cantos de sirena, se mantuvo una temporada más en la misma estructura sin dar el salto a la categoría más alta del ciclismo profesional. Todo parecía ir bien: ciclista joven, de gran calidad, en un entorno cercano y con buenos resultados, ya que, con diecinueve años, lograría cuatro victorias, una de ellas el campeonato del mundo sub-23.

En 2007 fichaba por el todopoderoso T-Mobile germano, donde su carrera parecía comenzar un viaje que lo llevaría a ser un velocista que marcara época, gracias a sus ocho victorias. No creer que nos encontrábamos ante una estrella era simplemente algo increíble.
Pero el bueno de Gerald comenzó a apagarse. En 2008 la estructura de T-Mobile pasó a denominarse Team Columbia, donde compartiría espacio con otros grandes hombres rápidos de entonces, como Mark Cavendish, André Greipel o Bernhard Eisel. 2009 y 2010 los pasaría en el Milram, donde una victoria en la Vuelta a España sería su mayor botín. Una fractura de clavícula en Qatar a principios de temporada marcaría el devenir de su último año en el equipo lechero.
En estas aparecería el dirigente del pelotón profesional que más velocistas ha hecho resurgir de sus cenizas: Patrick Lefevere. Durante las temporadas de 2011 y 2012, defendiendo los colores de Quick Step, nuestro velocista en cuestión no arrancaba del todo. Cero victorias en su primera temporada y dos en la segunda. Parecía que si no levantaba cabeza en el Wolf Pack, no lo haría en ningún lado. ¿O tal vez sí?
Ciolek, de promesa imparable a carrera fugaz
Los sudafricanos del MTN-Qhubeka lo ficharían en 2013. El campanazo estaba a la vuelta de la esquina, o así lo parecía al menos. En una Milán-San Remo marcada por un temporal de frío y nieve, obligada a verse recortada, nuestro protagonista logró sobrevivir en el Poggio a la guerra abierta entre Fabian Cancellara y Peter Sagan. Fruto de ello, lograba imponerse en una mutilada Classicissima a los citados Sagan y Cancellara, más un elenco de grandes figuras como Chavanel, Paolini, Stannard o Phinney. Junto a otras cuatro victorias logradas aquella misma temporada, y teniendo en cuenta que en aquel 2013 Ciolek contaba con tan solo veintiséis años de edad, todo ayudaba a pensar que su carrera podía tener ese despegue tan esperado.

Nada más lejos de la realidad. La estrella de Gerald se apagó de manera definitiva. Dos temporadas más en la escuadra sudafricana, más una última en el Stölting Service Group alemán, dieron carpetazo a su carrera ciclista con apenas veintinueve años. Diez temporadas en las que la mitad de sus victorias las logró en sus dos primeros años. Dos primeros años en los que brilló tan fuerte que el mero hecho de pensar que no iba a ser un referente resultaba increíble. Como increíble resultó ser el desarrollo de su carrera.
En 1994 tuvimos un campeón del mundo júnior en ruta: el navarro Miguel Morras. Tras pasar como una apisonadora por el calendario juvenil y quedar subcampeón de España de la categoría, peleando de tú a tú contra la poderosa selección de Castilla y León de Eladio Jiménez, Paco Mancebo y Pablo Lastras, puso la guinda al pastel logrando el maillot arcoíris en el mundial de Quito, Ecuador.
El Banesto, que por entonces se encontraba liderado por un Miguel Induráin en el culmen de su carrera, se hizo con los servicios del joven Morras para su equipo filial amateur. En 1996 Manolo Saiz logró fichar a la joven perla navarra para la ONCE, lo que no hizo más que alimentar el cisma entre la escuadra de los cupones y la dupla Echávarri-Unzué.

El ansiado debut en el profesionalismo llegó en 1996. Con veinte años finalizaba en decimosegunda posición el Circuito de Sarthe, momento en el cual diferentes dolencias hicieron aparición y nunca más se supo del Miguel Morras ciclista. En dos años fue campeón del mundo júnior, ganó varias carreras en el campo amateur, firmó un contrato profesional y se retiró.
Una carrera ciclista meteórica en todos sus aspectos, un prodigio que, además de alimentar la guerra ONCE-Banesto, alimentó la ilusión de una afición en el apogeo de la era Induráin.
Curiosamente, Miguel Morras contaba con una serie de inquietudes que le llevaron a una rápida y exitosa transición del mundo deportivo al laboral, donde ha desarrollado una carrera financiera a lo largo y ancho del mundo.
El Mundial de San Sebastián-Donostia de 1997 nos dejó los nombres de dos ciclistas júnior por entonces que llamaban con fuerza a las puertas del éxito.
En la prueba contrarreloj, tercero quedaría Alexei Markov. Se trataba del típico corredor ruso formado en la pista, excelente rodador, dotado de una buena punta de velocidad.
Siendo júnior, Alexei ya participaba en pruebas de Seis Días de pista junto a ciclistas profesionales y había sido subcampeón del mundo de persecución en categoría sénior ese mismo año, por delante de un campeón olímpico como Andrea Collinelli.
En 1998 daba el salto al profesionalismo sin pasar por la categoría amateur, como no podía ser de otra manera, de la mano del Lokosphinx ruso. Se mantuvo unido a esta estructura hasta 2004, cuando pasó a formar parte del Hoop CCC Polsat polaco. La eclosión de nuestro tovarich pareció llegar en 2005, cuando fichó por el que quizás ha sido el último gran equipo luso, el Milaneza Maia. Siete victorias cuando contaba con veintiséis años de edad hacían pensar que se había asentado en el profesionalismo y que le había tomado la medida a la categoría. Este último hecho le abrió las puertas del World Tour, de la mano del Caisse d’Épargne-Illes Balears.

En la escuadra navarra, patrocinada por el Gobierno balear y un banco francés, coincidiría con otros dos camaradas rusos, Vladimir Efimkin y Karpets. En las dos temporadas que formó parte de la escuadra española, la pólvora de Alexei pareció mojarse. Al acabar contrato, pasó a formar parte del equipo continental de Katusha, donde, tras completar un calendario amateur con carreras de categoría 2.2 en su mayoría, volvería a dar el salto a la máxima categoría con la misma formación rusa.
Una última oportunidad en la élite en la que Markov no pudo sacar a relucir todo el potencial que parecía atesorar cuando de júnior deslumbraba a propios y extraños. Su carrera se fue apagando del todo hasta retirarse en 2012 en el RusVelo, donde completó sus últimas tres temporadas como profesional.
Un ejemplo claro de la escuela rusa ciclista, que nos tiene acostumbrados a ofrecer jóvenes talentos que, más pronto que tarde, dejan de ser jóvenes y se dan cuenta de que su talento se ha quemado a marchas forzadas.
El otro nombre que destacó en el Mundial donostiarra fue el recientemente fallecido velocista Crescenzo D’Amore.

Este Mundial en categoría júnior se decidió en una gran volata en la que este transalpino se impuso de manera imperial. Tras pasar dos temporadas en el exigente campo amateur italiano, Crescenzo firmaría su primer contrato profesional con el Mapei-Quick-Step en el año 2000.
Tras dos temporadas en el que era el mejor equipo de la época y donde lograría vencer en una etapa de la Vuelta a Argentina, Crescenzo compitió para el Cage Maglierie Olmo en 2002 y el Tenax Garda Calze en 2003. De 2004 a 2006 defendería los colores del Acqua & Sapone-Caffè Mokambo, donde lograría su segunda y última victoria como profesional en la Settimana Internazionale di Coppi e Bartali. Entre 2007 y 2010 vestiría el maillot del OTC Doors-Lauretana, para cerrar su ciclo en la élite con el Androni Giocattoli entre 2011 y 2015.
Uno más de la prolífica factoría de velocistas italiana que acabó su carrera con tan solo dos victorias profesionales. Tras retirarse, el señor D’Amore desarrolló su carrera profesional como profesor de Educación Física, hasta que un accidente de tráfico puso fin a su vida. Que en paz descanse el que fuera una de las grandes esperanzas de la velocidad transalpina.

El incierto camino hacia el éxito
Por último, vamos a hablar de Romain Sicard. Este galo, originario del País Vasco francés, ya apuntaba maneras desde categoría júnior, donde destacó en carreras internacionales como la clásica La Bernaudeau o el Trophée Centre Morbihan, lo que hizo que fuera reclutado para un centro de alto rendimiento.
Tras dos temporadas como amateur, en 2009, con veintiún años de edad, la estructura de la Fundación Euskadi lo ficharía para su equipo filial, el Orbea-Oreka SDA, de categoría continental.
Esta temporada comenzaría con buenas actuaciones en el Tour du Loir-et-Cher E. Provost, la Vuelta a la Rioja, una victoria en la subida al Naranco, el Tour du Haut-Anjou International, la Ronde de l’Isard, el Tour de Gironde o el Circuito Montañés.

La cosa se puso seria cuando, en agosto, tras una buena Vuelta a Burgos, se imponía en septiembre en el Tour del Porvenir y el Mundial de ruta sub-23. Como no podía ser de otro modo, su salto al Euskaltel-Euskadi no se hizo esperar.
En la escuadra naranja se mantuvo sin pena ni gloria hasta el desastre de 2013, en el que el equipo vasco se fue al garete.
De 2014 a 2021, en que se acabaría retirando, Romain se mantuvo en la estructura de Jean-René Bernaudeau y Dominique Arnould, primero en Europcar y después en Direct Énergie.
Once temporadas en la máxima categoría ciclista en las que su gran temporada de 2009, así como su trayectoria en categorías inferiores, parecieron ser un total espejismo, salvando su actuación en el Critérium du Dauphiné de 2010.

Como hemos podido observar, una gran trayectoria previa al profesionalismo no asegura nada. Me gustaría acabar este escrito recordando algo que solía decir John Benjamin Toshack: la paciencia es madre de la ciencia.
Texto: Imanol Gonzalez
Foto: Sirotti
