A finales de los años ochenta Miguel Indurain era todavía un ciclista en construcción. Un corredor alto, poderoso contra el reloj y capaz de moverse con solvencia en la montaña pero al que todavía le faltaba algo esencial para convertirse en un dominador del pelotón: demostrar que podía ganar una gran carrera por etapas frente a los mejores. En el equipo Reynolds ya intuían que estaban ante un talento especial, especialmente tras sus exhibiciones al servicio de Pedro Delgado en el Tour de 1988. Pero el ciclismo, como todos los deportes, tiene sus propios ritmos, sus propios tiempos.
En ese contexto aparecía cada primavera la París – Niza, la llamada «Carrera hacia el Sol» (traducida erróneamente por aquí como la «Carrera del Sol», lo que hubiese sido muy irónico dado el mal tiempo con el que suele disputarse), una de las pruebas por etapas más prestigiosas del calendario internacional desde siempre. Evidentemente no tenía el peso histórico de las tres grandes vueltas pero sí algo que la convertía en una referencia: su dureza y su posición estratégica en el calendario. Ganarla servía para sacar al menos un notable en la «primera evaluación» y casi, casi aprobar el curso.
En la década previa había sido territorio casi exclusivo de Sean Kelly, que dominó la carrera con mano de hierro desde 1982, certificada por una insuperable marca de siete victorias consecutiva. Por supuesto récord absoluto de la prueba. Por eso, cuando en 1989 Miguel Indurain se presentó en la línea de salida, lo hizo todavía como un aspirante entre muchos, uno de tantos. Dos ediciones después, sin embargo, abandonaría la Costa Azul convertido en algo muy distinto: un corredor que ya sabía lo que era ganar y del que se empezaba a intuir que podía ser mucho más que un ganador de vueltas cortas. Aunque pocos, por no decir nadie, intuyó lo que venía detrás.
La edición de 1989 comenzó con un escenario de lo más interesante. Kelly no estaba en la salida, lo que abría la carrera a nuevos protagonistas. Entre ellos aparecían nombres de enorme peso en el ciclismo de la época: Stephen Roche, vencedor del Tour de Francia de 1987; Pedro Delgado, que apenas unos meses antes había conquistado el Tour de 1988; o corredores tan rocosos como el francés Marc Madiot.
Indurain, por entonces con veinticuatro años, seguía bajo la sombra de Perico, estrella absoluta del ciclismo internacional. Era un corredor respetado, pero todavía no una referencia. Y durante los primeros días de carrera parecía que el guion iba a seguir ese camino. La contrarreloj por equipos de la tercera etapa complicó las cosas para el Reynolds, que cedió más de un minuto respecto al mejor tiempo. Tanto Indurain como el propio Perico caían hasta la zona media de la clasificación general y se veían obligados a correr el resto de la prueba a la contra.
El punto de inflexión llegó en la subida al Mont Faron, uno de los grandes clásicos de la carrera. Allí el navarro dejó una de las primeras demostraciones de su potencial. Aunque la victoria de etapa fue para Bruno Cornillet, Indurain fue el más fuerte entre los aspirantes a la genera, cediendo sólo con el vencedor de etapa y aventajando, por ejemplo, a Roche en 16”, a Delgado en 29” o al líder Madiot en 32”. Miguel entraba en la pelea de nuevo.
Pero el verdadero golpe de la carrera llegó al día siguiente. En la etapa entre Toulon y Saint-Tropez, Indurain aprovechó el descenso del Col de Vignon para lanzar un ataque inesperado. No era un terreno habitual para decidir una clasificación general, pero el navarro supo interpretar el momento. Se marchó con los mejores, llegó en el grupo delantero y, gracias a las diferencias obtenidas, se colocó como nuevo líder de la carrera. ¿A alguien más le suena la estrategia a otro puerto, este pirenaico, algo más de dos años después?
A partir de ese momento comenzó otro tipo de batalla: la defensa del maillot. Stephen Roche intentó poner a prueba al español en las últimas jornadas, especialmente en la cronoescalada final del Col d’Èze, una subida corta pero exigente que tradicionalmente cerraba la carrera. El irlandés ganó la etapa, pero aunque cedió 32”, Indurain no tuvo problemas para conservar el liderato por apenas 13”.
Una victoria tan ajustada como inesperada que fue la primera gran señal de que el corredor navarro estaba preparado para asumir responsabilidades mayores. Ese mismo año conseguiría su primera victoria de etapa en el Tour.
Un año más tarde, en 1990, Indurain regresó a la París – Niza con un estatus completamente diferente. Ya no era una promesa que sorprendía al pelotón, sino el vigente campeón. Y en el ciclismo, como en casi todos los deportes, por otra parte, defender un título suele ser un desafío si cabe mayor que conquistarlo por primera vez.
La carrera volvió a presentar un cartel de lujo. Stephen Roche estaba de nuevo en la salida y también aparecía Laurent Fignon, uno de los grandes nombres del ciclismo de la década, renacido en el Giro de 1989 y protagonista del final más traumático de la historia del Tour dos meses después. El desarrollo de la carrera, además, no fue sencillo para el ya equipo Banesto.
Indurain logró situarse líder tras la tercera etapa, pero la contrarreloj por equipos volvió a sacudir la clasificación. Histor-Sigma, el equipo de Roche, marcó el mejor tiempo y el irlandés recuperó el liderato de la general. Sin embargo, el escenario decisivo volvió a ser el Mont Faron.
Dos días después de dejarse el liderato en la crono por equipos, Banesto pasó a la ofensiva. Endureció la carrera antes de la subida definitiva con un ritmo que acabaría siendo letal, entre otros, para el líder Roche
Cuando la carretera empezó a empinarse de verdad, el navarro lanzó su ataque. De inicio sólo le aguantó el ritmo Fignon, pero el parisino también acabaría cediendo. Roche intentó minimizar daños pero no pudo evitar la pérdida. Indurain cruzó la meta en solitario, recuperó el liderato y dejó claro que aquella París – Niza volvía a girar en torno a él.
Quedaba todavía la contrarreloj final del Col d’Èze, pero esta vez el margen era suficiente. Roche volvió a recortar segundos, pero no los necesarios, esta vez sólo siete. Al final, la diferencia entre ambos fue de apenas 8”, una de las más ajustadas en la historia reciente de la carrera.
Indurain había conseguido algo que no era nada sencillo: ganar dos veces consecutivas una prueba que rara vez permitía repetir vencedor (desde entonces sólo Jalabert, Vinokourov, Schachmann y Jorgenson lo han conseguido).
Vistas con perspectiva, las victorias de Miguel Indurain en la París – Niza de 1989 y 1990 tienen algo de proféticas. No fueron todavía los triunfos que lo convertirían en una leyenda del ciclismo, pero sí las primeras páginas de esa historia.
Hasta entonces, el navarro había demostrado talento, regularidad y capacidad para trabajar para otros. Pero ganar dos veces seguidas una carrera del prestigio de la París – Niza significaba algo más profundo: confirmaba que estaba preparado para liderar un equipo y para controlar una carrera durante una semana entera frente a rivales de primer nivel. Y eso que donde más había sufrido había sido en la crono. Quién nos lo iba a decir…
Todo lo que vino a partir del año siguiente es de sobra conocido, pura Historia del ciclismo: cinco victorias en el Tour de Francia, dos Giros de Italia y una de las hegemonías más imponentes que se recuerdan en el ciclismo moderno.
Pero antes de todo eso estuvieron aquellas dos primaveras en la «Carrera hacia el Sol». Dos semanas de marzo en las que Miguel Indurain empezó a dejar de ser una promesa para convertirse, poco a poco, en el campeón que estaba destinado a ser.
