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MILÁN-SAN REMO 2013: FRÍO, NIEVE Y CIOLEK RESURGIENDO DESDE LA PLEBE


En el mundillo del ciclismo profesional es conocida la frase aquella que dice: «La Milán-San Remo es el monumento más fácil de acabar y, a su vez, el más complicado de ganar».

Y es que la dureza de la Classicissima no recae en un gran desnivel acumulado ni en tener que superar grandes rampas, sino en ese enemigo silencioso que actúa minando poco a poco a los ciclistas y que no es otro que la fatiga por los casi trescientos kilómetros de los que consta la prueba.

A su vez, la San Remo viene a ser esa primera gran fiesta universitaria del curso, a la que los jóvenes acuden repletos de euforia y los veteranos con esa calma que te da cuando sabes la que se te viene encima.

La carrera tiene su esencia grabada a fuego y no suele variar demasiado, ya que, simplemente, el recorrido no da para más. Una escapada desde los primeros kilómetros en búsqueda de la compañía del mar de Liguria, seguido de un rally superando los diferentes capos de la costa, para que en la Cipressa la cosa se ponga seria y, seguido, en el Poggio se fuerce la máquina hasta el tope. Todo ello, normalmente, acompañado de una climatología agradable.

Este guion saltó por los aires en la edición de 2013, cuando un temporal de frío y nieve irrumpió en la clásica italiana de la misma manera que lo hace ese cuñado pasado de copas que también te cae en una comida familiar.



El hecho de que ese año se pasara a disputar en domingo, en vez de en sábado como venía siendo habitual, podría haberse tomado como una señal de mal augurio entre el sector más conspiranoico, y no hubieran andado desencaminados.

La cuestión es que ese domingo en cuestión un temporal de mil pares de narices se apuntó a la fiesta de la Classicissima. Cuando la carrera no había llegado a comenzar la ascensión al Paso del Turchino, la organización decidió neutralizar la competición, dado que la cima del Turchino se encontraba nevada.

Lo que sigue a esta decisión es un clásico del ciclismo: una organización tomando decisiones sobre la marcha y ciclistas de mala leche.

En aquel momento los organizadores creyeron conveniente reiniciar la prueba a poco más de cien kilómetros de meta.

Además del recorte, se decidió que, al reiniciar la carrera, se respetara el tiempo que llevaba la fuga del día, que contaba con cerca de seis minutos de diferencia, mientras que cerca de cien ciclistas que marchaban descolgados del pelotón y que se encontraban cerca de abandonar se les reinsertó con el tiempo del pelotón.

Este hecho hizo que todo un favorito como era Tom Boonen decidiera retirarse, dado que, a sus ojos, se les estaba abriendo la puerta a poder vencer a gente que marchaba descolgada.

La cuestión es que la carrera se lanzó, con mucha agua, mucho frío, mucha ropa de abrigo y una retransmisión en la que ni el mejor de los videntes hubiera sido capaz de acertar el nombre de ningún ciclista.

Con este panorama, la carrera llegaría al Poggio, porque ya se sabe: el Poggio siempre llega y, pese a que mucho se dice que el Poggio no es tan duro, en el Poggio siempre se quedan cuatro pelados en cabeza.
Philippe Gilbert se movería justo antes de la ascensión clave, enfundado en un outfit que, además de su maillot arcoíris, incorporaba un sacrilegio a la historia ciclista, como es el culote blanco.

Ian Stannard y Sylvain Chavanel comenzarían la ascensión al Poggio destacados, siendo alcanzados en el descenso por Fabian Cancellara, Peter Sagan, Luca Paolini y Gerald Ciolek.

Sí, el mismo Gerald Ciolek que llevaba colgado el cartel de eterna promesa y que no parecía arrancar en su camino a la gloria.


En la recta de meta el mismo Ciolek se imponía al grupo de cabeza, resurgiendo con esta victoria de sus cenizas. El germano, que venía de ser campeón de Alemania en ruta con tan solo dieciocho años de edad en 2005 y campeón del mundo sub-23 con diecinueve en 2006, apuntaba para figura. Pero tras un periplo por parte de los mejores equipos del mundo para un velocista de esa época, como eran T-Mobile, Columbia, Milram y Quick Step, su estrella se fue apagando hasta que, al aterrizar en MTN-Qhubeka en 2013, pasó lo que pasó.

El desenlace de la Milán-San Remo de 2013 fue de esos que no dejan indiferente a nadie. Una edición pasada por nieve y frío, con una organización de carrera tomando decisiones sobre la marcha, un recorrido recortado casi en dos tercios y, por último, la victoria de un ciclista al que se le quiso encumbrar demasiado pronto y enterrar vivo siendo bien joven, enfundado en el maillot de un equipo africano.
No pido que lo superen, únicamente que lo igualen.