EL PELOTÓN PARALELO: EL ÚLTIMO BAILE DE EVENEPOEL, LA LEYENDA POSMODERNA

Vaya por delante que este artículo sólo pretende ser una especie de divertido juego de ciclismo-ficción y que no pretende anticipar nada de lo que está por venir. No es un pronóstico, tampoco una apuesta. Se trata sólo de elegir uno de los infinitos e insondables futuros que nos aguardan a los aficionados del ciclismo. Lo que el autor de este artículo expresa no es siquiera su deseo personal, es sólo y sin más, una ficción con nombres reales. Una historia antes de la Historia.

Diecisiete años. Para Gardel veinte no eran nada y sin embargo a nosotros diecisiete se nos han pasado en un suspiro. Diciesiete son los años que hace que el mundo conoció a Evenepoel, en aquel lejano e inolvidable Mundial de Innsbruck donde Alejandro Valverde nos emocionó con su primer “arcobaleno”. Unos días antes, el gran circo de las dos ruedas había asistido atónito a la presentación en sociedad de aquel que estaba llamado a dominarlos a todos. El por entonces Príncipe que con el tiempo devendría en Rey de Reyes. En la Leyenda más grande jamás contada. Fue hace diecisiete años cuando el mundo conoció a Remco Evenepoel.

Hoy, 30 de septiembre de 2035, el campeón belga se enfundará un maillot por última vez como ciclista profesional. Y lo hará en la misma carrera en la que se dio a conocer, en el campeonato del mundo. Y cuando cruce la línea de meta de El Cairo habrá puesto punto final a la carrera deportiva más exitosa que se recuerda en el mundo del ciclismo desde que su compatriota Eddy Merckx colgase la bicicleta hace más de medio siglo ya. Y lo hará como sólo los grandes pueden hacerlo: abdicando en lugar de rindiéndose, dejando tras de sí no solo el aroma de los mitos sino la certeza de que aún le quedaba algún que otro baile en las piernas. Es posible que sea así pero nadie quiere ver a Remco de rodillas. Nadie le quiere ver derrotado. Por eso hay cierto consenso a la hora de aceptar que el momento del adiós ha llegado. En el pasado Tour ya se pudo comprobar que no era el Evenepoel de sus mejores días. La rodilla, esa maldita rodilla que como un Guadiana vengativo aparecía de repente poniéndole contra las cuerdas para a continuación desaparecer, le dio su último aviso: “Remco, es mejor que nos vayamos a casa antes de que sea demasiado tarde para las dos”. Evenepoel escuchó a su cuerpo, eso dijo en aquella multitudinaria rueda de prensa antes de la Vuelta en la que anunció su retirada. La noticia, no por esperada, dejó de ser traumática. ¿Y ahora qué? Se pregunta el mundo del ciclismo como si bajo sus pies hubiese desaparecido el suelo. Ahora, nada. O mejor dicho, la Nada. Porque nada será igual al brillo esplendoroso de quien vino a salvar a un deporte herido de muerte por entonces. Evenepoel fue la Luz que derrotó a la Oscuridad.

Seis Tours de Francia, cuatro Giros, otras tantas Vueltas, tres veces campeón del mundo en ruta y dos contrarreloj, siendo además el primer corredor de la historia en conseguir el doblete de arcoiris en el mismo año y el primero en conseguir la Triple Corona desde Stephen Roche en 1987, tres Tirrenos y cuatro Nizas, dos Dauphinés, dos Itzulias, ocho monumentos y un sinfín de triunfos más que constituyen el palmarés más deslumbrante que jamás conoció este deporte. Hay países que nunca han ganado tanto. Evenepoel hizo lo que otros ni siquiera se atreven a soñar.

Y sin embargo las cifras no pueden explicarlo todo. De hecho, a menudo, en el deporte, las cifras no pueden explicar nada. Quizá porque el deporte, como espectáculo, pertenece al ámbito de las emociones, porque está más cerca del Arte que de la Economía. Porque a Coppi o a Pantani no se les puede explicar en una tabla de Excel igual que Goya o Beethoven no se pueden “contar” en un texto. Porque algunas cosas están hechas simplemente para sentirlas. Quizá por todo esto sea por lo que la figura de Evenepoel trasciende sus ya de por sí inigualables logros. Algo que explica muy bien que uno de los momentos más icónicos de su carrera, quizá su Opera Magna, tuviese lugar en un escenario majestuoso pero en una carrera del segundo escalón. Hablamos, todo el mundo lo sabe, del día que Evenepoel sentenció su segunda Dauphiné con un furibundo ataque en la Croix de Fer. Coronó en compañía de otros dos corredores a los que soltó en las últimas rampas del Télégraphe, pasó en solitario por Plan Lachat reescribiendo el mito de Bobet sobre la Casse Déserte y dejando una foto para la historia que rivaliza desde entonces en el imaginario popular con la de Coppi, Bartali y un botellín flotante. Coronó el Galibier y voló hacía Alpe d’Huez, en donde se impuso ante el estupor del mundo que miraba atónito una gesta de otra era.

Y es que quizás ese sea el mejor resumen de la carrera de Evenepoel: un campeón de otra época. Una leyenda posmoderna.

SERGIO ESPADA

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