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PRIMERA SOPORÍFERA SEMANA DEL TOUR 2018

Cometió la empresa organizadora del Tour de Francia, ASO, una gran osadía. Incluir dentro del trazado de la presente edición de la ronda gala una semi París-Roubaix. Y muchos no se lo han perdonado a ASO.

Introducir cierta dosis de incertidumbre y de ciclismo descontrolado no está bien considerado en estos momentos por buena parte de quienes más poder detentan en este hiper profesionalizado ciclismo actual. Quienes rigen los destinos de los equipos más poderosos de este momento entienden esto más como su negocio que como un deporte. Programan sus presupuestos de antemano contando con tantas horas de pantalla y por tanto de publicidad en determinadas carreras. Realizan fichajes pensando que esos ciclistas les van a asegurar “x” cuota de pantalla en un momento determinado. Y programan la temporada de esos corredores adaptándola a que en esos momentos previstos, esos ciclistas deben estar frente a la cámara de televisión sí o sí. Gestionan estas escuadras ciclistas más como una gran empresa, pensando en unos determinados balances y cuenta de resultados, que como un equipo deportivo.

Y no. No están dispuestos a asumir riesgos. Y una etapa de pavés lo es. Por lo imprevisible de los pinchazos, las caídas, las posibles lesiones… En suma: una etapa de pavés puede cargarse el guión preestablecido y tácitamente admitido por quienes de este negocio participan. Un guión preestablecido que es el que da de comer a estas escuadras y que de no cumplirse parece que puede alejar a los sponsors de esas estructuras deportivas.

Llegó el día. Se produjeron más caídas quizás que las que podemos observar en una París- Roubaix. Sobre todo por parte de quienes se estaban jugando el Tour de Francia. Seguramente por la falta de experiencia en afrontar el pavés. Así vimos que, incluso antes de llegar al primer tramo de adoquín, Richie Porte debía abandonar el Tour. Era sólo el preámbulo de lo que iba a suceder cuando ya se entró al adoquinado. Las caídas, cortes y pinchazos afectaron a casi todos los favoritos a la victoria final en París: Froome, Bardet (éste en varias oportunidades), Bernal, Kwiatkowski, Quintana, Landa, Urán, Van Garderen… Hasta aquí era lo esperable.

Lo que resultó menos esperado fue la falta de énfasis que sucesivamente, uno tras otro, fueron demostrando los diferentes equipos que se veían beneficiados de la nueva situación de carrera propiciada por la caída o pinchazo, para poner la carrera a su favor. Como si, previamente a la etapa, se hubiera firmado un acuerdo tácito de no agresión cuando estas situaciones –situaciones de carrera al fin y a la postre- se diesen durante la etapa. A todo esto se unió que la escuadra Quick Step no estuvo a la altura que se esperaba. La caída de Terpstra, el pinchazo de Gilbert… un cúmulo de factores que impidieron que la carrera se lanzara. La etapa no aburrió, porque abrió un sinfín de posibilidades tácticas. Hasta que finalmente, cuando pudo observarse que ninguno de los equipos estaba por la labor de plantar batalla en escenario, acabó por defraudar. Luego vendrán las lamentaciones. Antecedentes de sobra tenemos para saber la dificultad para batir a Froome tanto en las cronometradas como en el terreno montañoso.

Fue una especie de advertencia de los equipos a la ASO: “Puedes poner los trazados que te dé la gana, que nosotros ya veremos lo que hacemos en ese trazado”.

Lo que no sabemos si tienen en cuenta quienes gestionan este deporte como una cuenta de resultados empresariales, es que el aburrimiento haga cambiar de canal televisivo a  muchos espectadores. Porque si intentan anular la emoción, la incertidumbre, el factor sorpresa… lo que aparece ineludiblemente es ese aburrimiento.

Bajo esos parámetros de ciclismo aburrido, controlado y previsible discurrió esta primera semana del Tour de Francia. El esquema de salida, escapada fácil y consentida, caza y sprint final se repitió hasta el hastío. Sólo cuando lo imprevisto sucedía en los últimos kilómetros, con la carrera ya lanzada hacia su sprint final, es cuando se establecieron las primeras diferencias –pequeñas- entre los favoritos de la general. Sobre todo en la primera etapa, con Quintana y Froome como mayores damnificados. Urán, también afectado por un corte a falta de ya pocos kilómetros para el final de la etapa de pavés, tampoco se pudo beneficiar de estos pactos de no agresión y perdió casi dos minutos.

Con este modelo de etapa, quienes han salido beneficiados –no podía ser de otra manera- han sido los sprinters. Gaviria, Sagan y Dylan Groenewegen hicieron doblete. Y tanto el colombiano como el eslovaco han vestido de amarillo.

Quien más ha vestido de amarillo ha sido Greg Van Avermaet. Favorecido por la cronometrada por equipos en la que venció con su BMC, ha sabido gestionar muy bien todas las etapas, acumulando incluso bonus en ese nuevo e infructuoso invento del Tour por  premiar la combatividad de los corredores. Ni qué decir tiene que pese a la caída, en la etapa que concluyó en Roubaix se defendió a las mil maravillas.

Y así está el Tour. Una pena y una enorme tristeza para quienes hemos vivido esta carrera desde nuestra infancia.

RÁUL ANSÓ ARROBARREN

@ranbarren

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