ADOQUINES Y TOUR DE FRANCE, UNA CLÁSICA DE PRIMAVERA EN PLENO JULIO

Pese a las reticencias, casi todas desde la prensa nacional, el pavés está muy estrechamente ligado a la historia del ciclismo y al del Tour de Francia en consecuencia.

Lejos quedan las primeras ediciones épico-antológicas de los Maurice Garin y compañía, más que competir, se lanzaban a una aventura sin paragón a lo largo y ancho del hexágono galo. Un reto, que en el mejor de los casos, contaba con carreteras adoquinadas, ya que la mayoría de rutas, la formaba una red de caminos de  tierra prensada.

Siglo y pico después, el pavés sigue vivo y mantiene ese aura especial que a los amantes de las clásicas tanto nos atrae.

 En la presentación de la Grande Boucle del presente 2018, algún director se rasgaba las vestiduras, al hacerse realidad los rumores que apuntaban a un final de etapa en Roubaix, con lo que ello conlleva.

 Una novena jornada de carrera entre Arras y Roubaix, salpicada de nada más y nada menos de quince tramos de adoquín, que superan con creces las tres últimas incursiones en el pavés, de la ronda gala.

Hagamos un pequeño repaso, a la historia más reciente del Tour de Francia en lo que se refiere a su relación, con los caminos que unen cada primavera Compiègne y Roubaix.

Siempre me llama la atención, cuando se hace referencia al Tour de Francia de 1981.

En aquella edición de hace treinta y siete años, se incluyó una jornada que a día de hoy se tacharía de poco menos que criminal. Una decimosegunda etapa, que era a todos los efectos una París-Roubaix en toda regla.

De hecho, la salida tuvo lugar en Compiègne y la meta en el mismísimo velódromo de Roubaix. Doscientos cuarenta y seis kilómetros, con alrededor de veinte tramos empedrados. Las imágenes de aquel día, hablan por si solas, una clásica insertada en el ecuador del Tour, sin miramientos, ni concesiones a los ciclistas.

Jordi Ruiz Cabestany me suele contar, que fruto de su inexperiencia y el caos de carrera, muchos corredores se vieron obligados a llegar a meta con material cedido por los espectadores.

En lo que se refiere a lo meramente deportivo, el clasicómano Daniel Willems enrolado por entonces en el Capri Sonne, se llevaba la etapa imponiendo su punta de velocidad al trío de cabeza, mientras que Bernard “el tejón” Hinault mantenía su tiranía al mando de la carrera.

En 1983, acudía al Tour de Francia un Reynolds liderado por un Angel Arroyo que lograría finalizar en segunda posición en París, tan solo superado por un debutante llamado Laurent Fignon.

Pero lo que nos atañe es, lo que ocurrió en la tercera etapa de la Grande Boucle. Fueron ciento cincuenta y dos kilómetros entre Valenciennes y Roubaix, en los que se impuso el belga Rudy Matthijs y en lo que Perico Dellgado siempre recuerda, que se dejó en meta más de nueve minutos.

Mucho más cercano en el tiempo, es el episodio de la edición de 2004.

En la tercer día de la ronda gala, se incluyeron unos tramos de pavés entre Waterloo y Wasquehal, con el fin de añadir un poquito de salsa al mandato que mantenía por aquel entonces Lance Armstong.

La gran esperanza para mantener un de tú a tú con el tejano, al menos tras lo vivido en la anterior edición de 2003, se llamaba Iban Mayo. El líder por entonces de Euskaltel-Euskadi, se vio involucrado en una caída en el momento de atacar los sectores decisivos de adoquín. Fruto de ello, se dejaba casi cuatro minutos respecto a un grupo cabecero, en el que se imponía el velocista galo del AG2R-La Mondiale Jean-Patrick Nazón.

Todos recordamos, la edición de 2010. Sylvain Chavanel al que hemos podido ver en cabeza de carrera estos días, salía portando el maillot jaune en la etapa que unía Wanze y Arenberg. Fabian Cancellara montó una escabechina a favor de los Schleck, mientras Alberto Contador aguantaba el tipo con  Vinokourov haciendo de no sabemos que. Thor Hushovd vencía en una jornada muy parecida a una París-Roubaix que se le resistió a lo largo de su carrera profesional.

La más dantesca de las incursiones del Tour de Francia sobre el adoquín, tuvo lugar en 2014. Un día de lluvía en el que los Belkin Lars Boom y Sep Vanmarcke se lanzaron a por una etapa que no dejó impasible a nadie.

Vincenzo Nibali, hábil como pocos en carrera, no hay más que recordar como tiraba sobre el sterrato a favor de Basso, en el Giro de Italia de 2010, salía reforzado de un día más propicio de abril que de julio.

En la edición de 2015 de la ronda gala, incluyó siete tramos de pavés, a lo largo de los doscientos veintitrés kilómetros de la cuarta etapa de carrera que unía Seraing y Cambrai.

Mucho se temía a esta jornada, pero el resultado de la citada etapa, no tuvo mayor trascendencia en la clasificación general.

Dado que los principales aspirantes al jersey amarillo, superaron con holgura unos sectores adoquinados que no presentaban especial dificultad. Tony Martin, pese a no ser un gran especialista en este tipo de recorridos, se valió de su gran potencial como rodador, para imponerse en tan temido día y de paso hacerse con el maillot de líder.

Como podemos observar, la relación pavés/Tour de Francia, tiene su historia, además que la organización, tiene el detalle de incluir la cita en las primeras jornadas de carrera.

Imanol Gonzalez Gete

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