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Los cuatro mejores días de Miguel Indurain

Es difícil elegir sólo cuatro de un campeón de este tamaño. En montaña, en contrarreloj, atacando, respondiendo, tirando, dejándose llevar. Incluso perdiendo carreras ha tenido días maravillosos, como aquel que levantó del asiento a toda una generación ascendiendo el Mortirolo. Tour, Giro, Mundial, Dauphiné… Miguel ha sido una colección constante de grandes éxitos. Pero casi siempre en el mes de julio. 

Luxemburgo, el extraterrestre

No ha habido nunca una exhibición tal en una crono como la que nos regaló el navarro aquel 13 de julio. El pequeño país recibió a la caravana procedente de Alemania y la carrera llegaba con confusión debido a la escasez de montaña y con una clasificación general extraña debido a las escapadas bidón. Lino era líder. Poco le duraría, ya que el español enjugó en un solo día mucha de la desventaja.

Fueron tres minutos al segundo clasificado, el francés De las Cuevas. Pero más de cuatro a los grandes favoritos y rivales por el podio final en París. Los doblados sólo podían ver alejarse por la carretera al líder de Banesto, que dejaba bien a las claras de quién iba a ser aquel Tour. Sólo un batallador Chiapucci puso algo de incertidumbre en los Alpes.

Tarbes – Pau, cómo solventar un problema

En la última etapa de montaña, el suizo Rominger no iba a dejar de intentarlo. Un perfil de sierra que contenía puertos como el Aspin o el Tourmalet. Sería en el legendario puerto pirenaico donde el jefe de filas de Mapei, segundo en la general, lograría soltar al maillot amarillo, aunque con una distancia salvable.

Pero no habría lugar a la sorpresa, pese a que parecía que Miguelón perdía mucha comba. Llegada la cima, un minuto separaba ambos grupos. El ganador ya de dos ediciones del Tour recuperaría la distancia en un descenso magnífico, derrochando cualidades. En meta pronunciaría su famosa frase: “bajé a todo lo que daba la bicicleta”.

Lieja-Indurain-Lieja

Se disputaba la contrarreloj al día siguiente, pero el Tour iba a sorprender en una jornada de cotas frecuentadas por la ‘Doyenne’. El pelotón estaba rompiéndose en los puestos cabeceros, con un muy activo equipo ONCE. Sería en la subida a Mont-Theux cuando Indurain decidió controlar a sus rivales con la mejor defensa: el ataque.

Ningún otro pudo seguir su estela. Un derroche de capacidad de rodar. Sólo un provechoso Bruyneel, que pudo agarrarse al cohete, le quitaría la victoria de etapa y el liderato. Llegaría a la crono con tranquilidad el español, que salía con referencias de todos los demás rivales. Pero además había sembrado el pánico entre los valientes.

La Plagne, la mejor subida de Indurain

Era la primera gran etapa de montaña precisamente de aquel Tour en el que se había visto al más agresivo Miguel de todos los tiempos. No iba a remitir. La ONCE preparó una buena emboscada y atacó con Zulle en una escapada que hizo temblar a Banesto.

Viendo todo perdido, se lanzó Indurain en la ascensión final, allá donde Delgado tenía ganado el Tour de 1987 a mitad de la subida y en la que Stephen Roche hizo una épica parte final. Ahí dejó de mirar más allá de el siguiente tramo de carretera y apretó el campeón español hasta quedarse completamente solo y recortar de forma determinante la ventaja del suizo de ONCE.

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