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Miguel Indurain, el rey humilde y manso

En el deporte español, la figura de Miguel Indurain ha logrado por méritos propios convertirse en un referente histórico en el que se logró la siempre difícil comunión entre la opinión de la prensa y la de la gente de la calle. Fue un ciclista cercano para el aficionado, querido por sus compañeros, admirado por la crítica y respetado por sus rivales. Un campeón atípico, que comenzó como gregario a pesar de que su destino era el de convertirse en uno de los más grandes campeones del ciclismo de toda su historia.

Una trayectoria la suya, brillante, pero muy trabajada. Un campeonísimo el navarro, con tanto talento como capacidad de sacrificio. Talento innato para progresar, destacar y vencer, y capacidad de sacrificio para pulir un físico desmesurado para un deporte como el ciclismo, hasta convertirlo en una máquina perfecta en cualquier carrera por etapas. Un corredor único en muchas facetas, no solo deportivas sino también humanas.

En todos los debates y discusiones en torno a un deporte como el ciclismo, y siempre que hay españoles de por medio, da igual el tema en concreto que se esté debatiendo, hay un nombre recurrente que sale a la palestra: el de Miguel Indurain Larraya. Con Miguel Induráin España conoció a su primero y casi único atleta infalible. Un tipo de deportista nada convencional dentro de la tradición tragicómica de España. No ganaba porque tuviera más coraje que nadie, porque fuera especialmente genial, o porque fuera un corredor con unas dosis de oportunismo tremendas, no. Indurain ganaba porque era el mejor. Porque fue el mejor de los mejores en una determinada época de la historia. En rondas por etapas este navarro, que de joven aspiraba a dedicarse al campo, se convirtió en un referente histórico.

Cuando ganó en 1995 su 5º Tour, se convirtió en el 4º hombre en lograr tal hazaña. Antes que el, Anquetil, Merckx e Hinault. Las vueltas de 1 semana, o bien formaban parte de su esqueleto en sus preparaciones para los grandes objetivos, o bien fueron parte de su crecimiento como ciclista. Y fueron estas carreras las que provocaran que acumulara globalmente más éxitos que los dominadores pretéritos, pero, sin embargo, limitándole e impidiéndole por incompatibilidad de calendario, competir convenientemente en las clásicas; carreras para las que es evidente, tenía cualidades, dado a que era un corredor total, que unía a su portentoso físico, táctica, buena colocación, habilidad, buen sprint… Sin embargo, a Miguel no le importaba porque no era especialmente ambicioso. Esa es la principal característica que le diferenciaba del mítico Coppi, el indolente Anquetil, el agresivo Hinault o el insaciable Merckx. Induráin era desesperadamente condescendiente con sus compañeros y rivales.

El paso a profesionales
1983 fue un año importante para el equipo ciclista Reynolds. José Miguel Echávarri, antiguo ciclista profesional, que corrió en el BIC a las órdenes de Jacques Anquetil, y Eusebio Unzué, corredor aficionado y director precoz, fundadores del Inasa-Reynolds a finales de los 70, en apenas 5 años habían pasado del anonimato a revolucionar con su presencia la carrera más importante por etapas del mundo: el Tour de Francia. La política para lograr semejantes resultados, consistía en una labor ardua de reclutamiento de los jóvenes de mayor talento del panorama español, y un diseño de calendario razonable, progresivo en arreglo a las capacidades de sus ciclistas.

Mucho olfato, y trabajo responsable. Tan fácil de decir, tan difícil de hacer. En un conjunto en permanente crecimiento, a finales del año 1982, Pepe Barruso responsable del Club Ciclista Villabés, se pone en contacto con Echavarri para hablarles de un joven prodigio de 17 años llamado Miguel Induráin, un chico que rompía esquemas. El máximo responsable de Reynolds en principio se muestra escéptico ante lo que le presentan delante. Un mozo de casi un 190 cm y de 88 kilos: la antítesis de un ciclista profesional.

Sin embargo, sus resultados le avalan en categorías inferiores. Unzué y Echavarri deciden incorporar a Miguel en la estructura amateur de Reynolds. Mientras Reynolds explota en profesionales en aquel 1983 con Ángel Arroyo y Pedro Delgado como máximos exponentes del renacido poder español en el Tour, Eusebio Unzué observa en la lejanía las evoluciones de Indurain. Los resultados no se hacen esperar. Campeón de aficionados de Navarra, Vuelta a Salamanca… Echavarri y Unzué comienzan a sopesar la idea de que, quizás estén ante un diamante en bruto, que es necesario pulir. Echavarri y Unzué deciden presentar y preparar a Miguel un plan: dejar los estudios dos años y centrarse en el ciclismo en ruta, explorar sus posibilidades como atleta. Una vez que el joven Miguel acepta, deciden que, dada su notable juventud, el año 1984 será de aprendizaje en aficionados. Aquel año se produce su explosión en la categoría, logrando un buen botín de triunfos, entre ellos la Semana Aragonesa, carrera en la que era frecuente que su vencedor al año siguiente tuviera un puesto entre los profesionales.

Y así fue. En abril de 1984 Miguel ganaba aquella carrera y en otoño pasaba a profesionales. Antes de eso, en verano, es convocado para representar a España en los Juegos Olímpicos de 1984. Es allí, en Los Ángeles, donde recibe la llamada de los directores del equipo profesional, diciéndole que tras la prueba olímpica se incorporará a la disciplina del equipo en el Tour del Porvenir, la carrera más prestigiosa para jóvenes talentos. Miguel acude sin ningún tipo de preparación específica para debutar en profesionales y con evidentes signos de estar afectado por el jet-lag. El penúltimo día, tras acumular cansancio y no haber tenido tiempo de recuperarse de su viaje, se disputaba la cronometrada entre Lourdes y Tarbes. 30 km llanos. Indurain le pide a sus directores no utilizar bici de contrareloj, que prefiere correr con bicicleta convencional. Miguel gana esa contrarreloj. Ya no había duda: aquel chico era diferente.

Primeros años como Profesional (1985-1986)
1985 comienza con Miguel iniciándose como neo-profesional en la estructura Reynolds. Las órdenes de sus directores son claras “siempre que puedas y te veas con fuerzas, ataca”. Pero si bien en 1983, el Reynolds era un equipo pujante en el panorama internacional, dos años después está en una situación muy distinta, ya que, aunque su cantera sigue siendo una de las más prolíficas y prometedoras, ha perdido a sus referencias internacionales en rondas por etapas, provocando que, a pesar de que a Miguel se le quería enfocar hacia las clásicas, la escasez de corredores, hiciera que en más de un ocasión fuera incluido en muchas otras carreras.

Gracias a esto Unzué y Echávarri descubrieron una de las características fundamentales del navarro: su elevada capacidad de recuperación, y su facilidad y adaptación para trabajar con volúmenes de competición muy elevados. Además, Unzué conciencia a Indurain para que trate de trabajar largamente en montaña y varíe su dieta, ya que 87 kilos es un peso excesivo y le lastra mucho en competición. Miguel toma nota y obedece escrupulosamente. Durante el año en el equipo, un joven Iñaki Gastón debe asumir ciertas responsabilidades, con José Luis Laguía y Eduardo Chozas como máximos referentes, y con Julián Gorospe como principal promesa. Sin embargo, en su primer día de competición, Induráin es 2º en el prólogo de la Ruta del Sol. A finales de marzo acudía a la actual Ruta del Sur. En el prólogo inicial de nuevo se ve superado por un solo corredor. Pero quien le supera no es un cualquiera. Se trata de Fignon, el mejor ciclista de la actualidad.

En las postrimerías de las clásicas de las Árdenas, Reynolds anuncia que no participarán en ellas. Muchos de sus ciclistas están pasando problemas de alergias con un Miguel Indurain especialmente afectado, aquejado de una fuerte gripe, una constante en la carrera del navarro, sobre todo en sus primeros años. Andaba con calor, con mucho calor. Y en primavera, ante los cambios constantes y repentinos de climatología sufría. Su imponente masa muscular se agarrotaba con el frío, no rompía a sudar. Sorprendentemente y debido a la ausencia en las clásicas, Miguel es convocado para debutar en la prueba española por etapas más importante del circuito internacional: la Vuelta.

El inicio no puede ser más negativo, con un Miguel que se cae y sufre una conmoción de la que se recupera felizmente. Sin embargo, si por algo es recordada aquella Vuelta es porque tras la crono y la disputa de la primera etapa, se convierte en el líder más joven de la historia de la carrera. Dadas las limitaciones de plantilla, Echavarri y Unzué se ven en la necesidad de alinear en el Tour de Francia a Indurain. Queda establecido que Miguel corra hasta las postrimerías de los Alpes para posteriormente abandonar. Reynolds afrontaba así un Tour muy complicado, con Laguía con un pie en Kelme y que logró, gracias a Chozas, un botín más que satisfactorio. Miguel tras el Tour corre la Vuelta a Burgos para volver a la carrera que le dio el carné profesional el año anterior: el Tour del Porvenir. Repite en la contrarreloj y gana otra etapa al sprint.

Una temporada que debería ser calificada de rotundo éxito, pero que pasa desapercibida en un momento en que el ciclismo español en relación a lo que se vivía en el extranjero. 1986 comienza con objetivos similares a los del año anterior: sin presión, con el objetivo de que Induráin se curta en las clásicas, pero condicionado, dada la situación precaria de Reynolds, con el convencimiento de que el calendario de Indurain deberá adaptarse en función de las necesidades del equipo. Miguel debuta de nuevo en la Ruta del Sol, confirmándose como uno de los favoritos tras la crono, junto con su compañero Gastón, como así lo refrendaban muchos de los directores de equipos rivales.

Sin embargo, en su camino se cruza el holandés Steven Rooks. Induráin ya era un ciclista muy clarividente. Tras su prometedor inicio de campaña, acude a la Vuelta a Murcia y la gana. Vence el prólogo, y logra resistir los ataques del Orbea, comandado por Cabestany. Este fantástico inicio de campaña, se ve truncado por los mismos problemas que el año de su debut: los catarros, las alergias. Esto sin duda era un gran problema para un corredor que quería ser enfocado para pruebas que se disputaban en su mayoría en estas fechas.

El camino hacia la Vuelta es similar y los resultados muy semejantes. Consigue ser tercero del prólogo inicial, que vence el especialista Thierry Marie. Pasa sin más pena que gloria la ronda española, pero la termina. Sin embargo, en una decisión un tanto arriesgada para alguien tan joven, pero intuyendo sus directores que aquel joven se adaptaba mejor a las competiciones post-Vuelta, es enviado a competir al Tour de L´Oise para posteriormente acudir nada más y nada menos que a la Midi Libre, una prueba donde el ciclismo francés solía comenzar la puesta a punto para el Tour. Allí Echávarri, que había dejado al navarro en manos de Unzué, se queda maravillado con el nivel que mostraba Indurain en las subidas, acabando entre los diez primeros la prueba. Estuvo permanentemente fugado, y logro estar los quince primeros en la 1ª crono larga del Tour…y se retiró. Después de su segunda experiencia en la ronda gala, corre la Vuelta a Burgos, donde se hace con las metas volantes, mostrando un gran rendimiento en verano.

Pero el gran golpe de efecto vino en el Tour del Porvenir de ese año. Ni los soviéticos, ni los colombianos, ni los franceses pueden evitar que Miguel se corone como campeón del rebautizado Tour de la CEE. Sigue brillando igual que siempre en la crono, pero esto viene acompañado de una progresión más que evidente en los puertos de montaña. En la ascensión al Izoard y Montegnevre, en escenario de Tour de Francia, Indurain hace un guiño a lo que será su destino: cruzar de amarillo los Alpes franceses. Echávarri y Unzué se convencen. Ese chico es especial y hay que llevarlo con mimo.

Una progresión contínua 1987-1988
1987 se iniciaba con un Miguel Indurain, encaramado en el status de joven promesa española, tras su brillante y contundente victoria en el Tour de la CEE de la temporada pasada, del que aún resonaban las noticias. Miguel comienza a mostrar una evolución muy importante como ciclista. Su volumen de competición aumenta año a año en cantidad y en calidad. Esa temporada, comenzará, propiciado por el importante cambio en su régimen alimenticio establecido a inicio de año, a llevar un calendario muy agonístico. Sin embargo, sus resultados en absoluto se resienten. Debuta en la Ruta del Sol. Se rueda, ya no es necesario que ataque insistentemente para coger fugas,

Simplemente debe buscar sensaciones. A continuación corre la Vuelta a Murcia. Vence el prólogo, en un empate casi técnico con Recio y Montoya. En su calendario hay tres nuevas citas importantes. Por fin acude a su estreno en las grandes clásicas: San Remo, Roubaix y Lieja. Echávarri permanecía escéptico a las opciones de su corredor en el Tour. El 21 de Marzo corre la Milán San Remo. Papel anónimo. Tres días después corría la Setmana Catalana. Vence dos etapas, marcha bien en la jornada andorrana y Miguel coge confianza en sí mismo en unas fechas donde es propenso a constipados, tal y como había ocurrido en la pasada Vuelta a Murcia, donde un desfallecimiento en la primera jornada le eliminó de la lucha por la general. Termina 3º de la general de la Setmana y a su victoria CRI une una victoria al sprint ante Phil Anderson y Da Silva. Miguel también es llegador. Compite por primera y última vez en la Paris Roubaix. Llega a la Vuelta con un principio de bronquitis.

Durante este año y parte de 1988, esto merma la confianza en sí mismo del joven Indurain. Se considera estancado al verse incapaz de superar sus problemas en fechas para él fundamentales. Debe olvidarse de sus objetivos, las cronos y tratar de progresar, para realizar labor de gregario. A finales de mayo arrasa en los Valles Mineros. Esta victoria suponía un cambio de registro importante, ya que la carrera asturiana si por algo se caracteriza no es precisamente por las contrarreloj.

Miguel acude a su tercer Tour. Destaca en el prólogo, entre los diez primeros, pero lo más importante, termina la carrera por primera vez en su trayectoria. Tras el Tour acudió a la Vuelta a Galicia y venció su ya tradicional CRI. 1988 se iniciaba con la aparición de un nuevo equipo español, el CLAS, dirigido por el mítico José Manuel Fuente, y con el retorno de Delgado a Reynolds, lo que para Miguel era una situación muy beneficiosa, ya que suponía que el equipo pasaba a tener una referencia. Indurain, con solo 24 años, un carácter dócil, y mucha inseguridad, no parecía preparado para asumir la capitanía que, en caso de no haber regresado Delgado, parecía inevitable.

En ese inicio de campaña Indurain colecciona varios segundos puestos en distintas carreras, Ruta del Sol , Setmana… Ese segundo plano benefició a Miguel, aunque también trajo consigo problemas como la amenaza de Unipublic de no dejar participar a su equipo si no alineaba a Delgado. La primavera de Miguel decepcionó. Su organismo no respondía adecuadamente en estas fechas y no recuperaba bien. Tras la Vuelta, acude a la Vuelta a Cantabria donde gana una etapa. Era su primera victoria del año, algo inusual en Miguel. Es seleccionado para el Tour con el objetivo de trabajar para Delgado. No solo responde a la perfección, sino que en medio de un Tour plagado de incidentes por el affaire Probenecid, Miguel manifiesta una evolución asombrosa en los puertos, llevando unos ritmos selectivos, que hacen que sus rivales teman el momento en que aquel joven cogía la cabeza y se ponía a tirar. En la etapa reina de los Pirineos, con final en Luz Ardiden, en el día probablemente más grande de la carrera deportiva de Laudelino Cubino. En la ascensión al Peyresourde, Miguel se pone a tirar. Era un ritmo sostenido y machacón. El grupo se desgrana: 30, 20, 15 corredores… hasta que quedan los más fuertes. Delgado, Rooks, Pino, Parra, Herrera, Thuinesse, Hampsten… y Miguel. Perico le manda parar, está siendo demasiado. Todo lo sufrido durante la primera parte del calendario, comenzó a valer la pena. Miguel termina el Tour entre los 50 primeros, trabajando como gregario en un crecimiento exponencial respecto al año anterior.

Acude de seguido a la Vuelta a Galicia, gana una etapa y sube al podio. Es convocado para acudir de nuevo al Mundial. Participa en la Volta a Cataluña, lo que sería su mayor éxito hasta la fecha. Vence y convence.

Eclosión definitiva 1989-1990
1989 era un año fundamental para Miguel. Comenzaba su quinta temporada como profesional y, al igual que en 1987 con el Tour del Porvenir, ganar la pasada Volta a Cataluña lo confirmaba como un corredor que progresaba, pero que, camino de los 25, debía de estar preparado para asumir responsabilidades. Dada su adaptación a la competición, el hecho de que siempre fuera a más y teniendo Reynolds en sus filas al campeón del Tour de Francia, Miguel sería el principal encargado en acumular puntos para la clasificación de la FICP, mientras que, al estilo del año anterior, Pedro Delgado iría tranquilo, sin muchas exigencias con un crecimiento de forma pausado de cara a la ronda gala. De cualquier modo, era una apuesta arriesgada dada la frágil salud del navarro en los inicios de primavera. En efecto, en aquellos instantes, Unzué y Echávarri consideraban a Miguel un corredor de verano, mientras que el irregular Gorospe era el ciclista en el que más esperanzas tenían depositadas para la primavera.

Acudió a las clásicas de las Árdenas, obteniendo el 7º puesto en Flecha Valona y un 10º puesto en una Lieja que, de haber contado con un final más selectivo, podría haber visto triunfar a un Pedro Delgado, que fue 4º. El objetivo del año, cumplido a mediados de abril. Indurain había logrado puntos más que suficientes de cara a que el equipo pudiese respirar tranquilo. Y ante sí el reto de correr la Vuelta con galones, en una carrera que tenía cruzada por sus recurrentes problemas de salud en primavera.

Miguel acudía como firme de cara a la clasificación general de la Vuelta, con un Pedro Delgado en fase de rodaje. Sin embargo, en la carrera Miguel recibió una lección de Delgado, al ser este el que asumiera la responsabilidad en los momentos cruciales. A pesar de los deseos de Miguel, el navarro aún no estaba preparado, y Perico estaba en un momento dulce de su trayectoria. El segoviano volaba aún sin estar al máximo de sus posibilidades, y en Cerler primero, y Valdezcaray después, confirmó su condición de líder del equipo.

En realidad, era algo plausible. Aunque, fuera de su decepcionante crono en Valdezcaray, el palo para Miguel vino en Asturias. En el descenso del Fito sufrió una dura caída que le obligó a retirarse precipitadamente de la Vuelta, cuando marchaba 9º de la general, con muchas posibilidades de mejorar esa posición dos días después en la contrarreloj de Valladolid, donde partiría como favorito, con muchos ciclistas que le antecedían no especialistas. Se esfumaban sus opciones de acabar la primera parte del año que hubiera sido de diez. Y comenzaba el periodo que tradicionalmente mejor se le daba a Induráin, el verano. Dada su abrupta salida de la Vuelta, Unzué decide que, aprovechando la extraordinaria capacidad de recuperación del navarro y con el objetivo de que vaya con buen sabor de boca, corra la Vuelta a Suiza previo paso por el nacional. Miguel es tercero en el Campeonato de España, y finaliza en 10ª posición la Vuelta a Suiza. Está preparado para el Tour.

Pero para lo que no estaba preparado es para lo que ocurrió nada más comenzar. En un inicio de de ronda gala absolutamente inolvidable, Pedro Delgado paraliza el país con su famoso descuido en el prólogo con el que sufrió las consecuencias de semejante error: perder todas sus aspiraciones a la victoria. Sin embargo, el segoviano se rehace y el equipo recobra el pulso a la carrera.

Indurain vence en una jornada pirenaica de altísima montaña, llegando en solitario a Cauterets, convirtiéndose en portada de todos los periódicos deportivos. Aquel épico Tour finaliza con Delgado en el podio, en el duelo crepuscular de Fignon contra Lemond en las calles de París y con un Miguel que termina la carrera entre los veinte primeros, concretamente en la posición 17ª. En referencia a los intereses del equipo no era lo esperado, pero tras el inicio del Tour, el botín era magnífico.

1990 comienza en el seno de la estructura Echavarri- Unzué, con la entrada de un nuevo patrocinador principal. Terminan los tiempos de Reynolds. Comienza la era Banesto. Tanto Echavarri como Unzué se saben poseedores de los dos mejores corredores nacionales de la actualidad. Uno en el mejor momento de su trayectoria deportiva. El otro, Indurain, en permanente crecimiento. Un crecimiento que comienza a asustar al seguir sin alcanzarse a ver su techo, y ya estar logrando triunfos de muchísimo espesor Dado el reconocimiento con el que cuenta ya Miguel, hay un cambio fundamental con respecto con otros años, incluso con respecto al año anterior. Ahora es jefe de filas. Miguel estaba encuadrado en un equipo, que poco o nada tenía que ver con la estructura en la que debutó a nivel organizativo y económico. Con 450 millones de pesetas de presupuesto, era de largo la escuadra nacional más potente, y uno de las referencias mundiales. El mediático y profético Echavarri afirmaba hablando con sus típicos juegos de palabras.

Miguel inicia el año con su tradicional debut en la Ruta del Sol. Posteriormente acude a la Comunidad Valenciana, donde, al igual que el año anterior, muestra un estupendo estado de forma, haciéndose con una victoria. Las expectativas vuelven a dispararse al repetir triunfo en la Paris Niza. Una vez más por delante de StephenRoche.

En el Criterium Internacional, Miguel sufre un desfallecimiento en la jornada clave, en la que Fignon, ganador a la postre, lanzó un colosal zafarrancho. En la Lieja finaliza 4º por detrás de reputados clasicómanos como Criquelion, Argentin y Sorensen, y en la Vuelta al País Vasco finaliza 3º en la general. A pesar de ello, se presenta en la Vuelta a España como jefe de filas del poderoso Banesto y con un bagaje magnífico. Banesto se confirma como el equipo más fuerte de largo de la ronda española. Y, sin embargo, son incapaces de vencer la carrera. Y, de nuevo, parece que tiene que ser un Delgado en fase de rodaje el que debe solucionar el desaguisado. El fallo de, por un lado depositar esperanzas en Gorospe y por otro no dar excesiva importancia a la presencia de Marco Giovanetti como líder de la ronda española, terminan con el italiano haciéndose con el trofeo, con Delgado 2º y Miguel en el 7º lugar.

Induráin acumula su ya tradicional decepción en la contrarreloj de Valdezcaray y son muchas voces las que sostienen que es un ciclista que carece de la regularidad suficiente como para asumir galones en una prueba de tres semanas. En la salida de la ronda gala, Pedro Delgado es el estandarte del ciclismo español. 2º en el 87, 1º en el 88, 3º e el 89…y con la sensación de que llega pletórico a la disputa de la carrera. Sin embargo, por todos es conocido lo que sucedió en ese Tour, el de la explosión definitiva de Miguel Induráin. La carrera que ha alimentado uno de los grandes debates en el ciclismo español: ¿pudo Miguel Induráin ganar el Tour de 1990?

Objetivamente, si bien Miguel era un corredor a tope físicamente, todo hace indicar que fue el hecho de verse eximido de las presiones de ser líder, papel ejercido por Pedro Delgado, las que hicieron que la percepción para todos fuera esa. Sin embargo, no hay que quitar mérito a la actuación del campeón segoviano, que corrió enfermo la última parte de la carrera francesa y fue capaz de finalizar cuarto. Sin embargo, Indurain eclipsó a todos. Hasta al ganador a la postre, el estadounidense Greg Lemond, que repetía triunfo. Fue el contrarrelojista más regular de la edición. Venció la jornada reina de los Pirineos al que sería ganador a la postre. Y la pérdida de minutos que tuvo fue consecuencia de trabajar de gregario durante el Tour para un líder que no pudo responder a las expectativas.

Miguel acudió a la Vuelta a Burgos, donde la disputa de una crono por equipos le impidió vencer la carrera. Acto seguido acudió a la Clásica de San Sebastián. Allí protagonizó una memorable exhibición, rodando los últimos 40 km en solitario, ganando a lo Merckx, y proclamándose vencedor, siendo el primer español que lograba vencer en una clásica de la Copa del Mundo. Como en París-Niza. Como en el Criterium Internacional

Temporada 1991: en la cima del mundo
1991 supuso el año I en la era Miguel Indurain. A inicios de temporada, Banesto decide volver a un esquema similar al de 1988, el año de la victoria de Delgado, con Miguel siendo líder del equipo en la Vuelta a España, y Miguel asumiendo los galones de jefe de filas para el conjunto de la temporada junto con Delgado. Una vez más, Indurain luchando por la carrera que más sinsabores le había producido. De cara al Tour, ya en enero, Perico, 2º en1987, 1º en 1988, 3º en 1989 y 4º el año anterior, daba las pautas jugando a pitoniso. El 30 de enero, se presentaba el equipo en un rutilante desfile, propio de un equipo de fútbol.

La Vuelta fue el sueño no cumplido por Indurain. Sin duda se trata de la carrera donde más decepciones acumuló el navarro en toda su trayectoria. Por unas razones o por otras no logró ganarla, a pesar de quedarse cerca este año. Las fechas en que se celebraba, momento en que Indurain era generalmente presa de alergias, catarros y otros problemas de salud, incapacitaban al navarro para mostrar su mejor versión. A partir de 1992, sustituyó la ronda española por el Giro de Italia, y no volvió a correr la prueba hasta el año de su retirada, abandonando durante la disputa de la misma. Es, sin duda, la gran espina clavada de Miguel, y uno de sus sueños de juventud que no logró materializar.

Miguel tenía en su calendario la Ruta del Sol, Comunidad Valenciana, clásicas y Vuelta. Banesto era en ese momento uno de los equipos más potentes del concierto internacional. Una vez recuperado de su lesión de la pasada Volta a Cataluña, Miguel pasó un invierno tranquilo. El primer tramo de la temporada fue también sosegado para el navarro, que decidió apostar fuerte por la Milán-San Remo y Lieja. En esta última estuvo en el corte bueno, pero el final suave de la prueba le penalizó, con respecto a sus compañeros de fuga: Argentin, Criquelion y Sorensen, tres clasicómanos de postín.
En la Vuelta partía como favorito indiscutible. Sin embargo, Miguel se topó con varios problemas. Por un lado su habitual fallo en la CRI de Valdezcaray, algo muy recurrente en su trayectoria. Por otro la fortaleza del equipo ONCE. A esto deberíamos sumar la supresión de la jornada reina de Pirineos. Y por último, Miguel se encontró con un antiguo compañero, Melchor Mauri, que hizo la carrera de su vida. En esta tesitura Miguel terminó 2º en la carrera, suponiendo su penúltimo episodio frustrante en la ronda española. Posteriormente, tras una participación gris en la Vuelta a Asturias, acudió a la Euskal Bicicleta, donde se enfrentó al que todos señalaban como su rival generacional: Gianni Bugno. Mantuvieron un duelo tremendo que se resolvió con la victoria en la general de Bugno, pero con 2 victorias parciales de Miguel.

Y llegaba el Tour… el gran objetivo del año. Se partía por primera vez con dos líderes: Miguel y Pedro. Delgado llevaba una temporada muy gris en la que apenas había brillado, con una participación en el Giro muy poco lucida. Sin embargo, también había sido así su famosa participación en el 88, paso previo a su victoria en la ronda gala. En la 8ª etapa, una contrarreloj de 73 km en Alençon, Indurain se estrenaba en la especialidad la ronda gala. Sin embargo, el momento feliz del navarro fue estropeado por una prensa inquieta, al ver la actitud pasiva poco entendible de Banesto en la primera etapa pirenaica con final en Jaca.
Lo que ocurrió el día después es de sobra conocido. Chiapucci e Indurain se escapan en el descenso del Tourmalet. Bugno no mide bien esa circunstancia, y pierde el tren de la carrera, al menos en la lucha por el primer puesto. Mientras Lemond y Perico dejan de ser los rivales a batir tras hundirse estrepitosamente camino de Val Louron. El relevo generacional tan cacareado por la prensa acaba de hacerse efectivo. Todo lo que vino a continuación en los suaves Alpes fue un permanente pelear del corajudo italiano, que se estrellaba ante un muro de granito llamado Miguel Indurain. En la última contrarreloj certificaba su victoria, y la clasificación daba la razón a las premonitorias palabras de Delgado al inicio de año. Su generación había pasado a ocupar la parte baja del top-10, mientras que arriba estaban los dos máximos exponentes de la generación del 64.

Tras su éxito mayúsculo en el Tour, Miguel bajó el pistón, y en esta ocasión fue Pedro Delgado el que certificó un agosto magnífico. Pero en el Mundial de nuevo el navarro, subía por primera vez al podio. Miguel cerraba el año de forma muy distinta al anterior. En esta ocasión nada pudo evitar su victoria en la general. Miguel había finalizado el camino iniciado siete años antes. Estaba en la cima del mundo ciclista.

1992: El extraterrestre
La temporada se inició con un cambio importante en el calendario de Miguel. Sus directores eran conscientes de que, ante ellos, se planteaba el reto de demostrar que Indurain venía para quedarse, que era el nuevo jerarca del ciclismo. Su rival en 1991, Bugno, anunciaba dedicación exclusiva al Tour de cara a estar al máximo en verano. Los directores de Banesto, Echavarri y Unzué, llegaron a la conclusión de que había que invertir los papeles de Delgado e Indurain. Si Pedro siempre respondía en la Vuelta y no lograba rendir en el Giro, mientras que Miguel jamás encontraba su mejor condición en la ronda española, llegaba el momento de probar aventura italiana con el navarro. En principio, el cambio lograba despertar la motivación de un ciclista por entonces de 28 años y mucha ambición.

Miguel, inició el año en la Ruta del Sol, pero sus clásicos problemas de salud hicieron mella en su rendimiento. A pesar de ello., a mediados de marzo tomaba la salida en la París – Niza. Aún no estaba a tono, tal y como se demostró en Mont Faron y Col d´Eze. Rominger y su compañero Bernard estaban mejor preparados. Aún así subió al podio en el tercer lugar. Indurain sufre a continuación una gripe. Las difíciles fechas en que se disputaba este bloque competitivo perjudicaban a Miguel. Cambio de planes. No a las clásicas y a País Vasco. De cara al Giro, disputaría Aragón y Romandía.

Sin embargo, camino de mayo todo cambió. Durante ese mes y junio su forma no hace más que mejorar, dejando atrás sus problemas recurrentes con los resfriados y sus resultados se disparan. Segundo en Romandía y victoria en la ronda italiana. En un Giro de Italia, tal y como se auguraba se produjo una alianza entre italianos, comandados por Chiapucci, que asediaron a Indurain en la montaña. Sin embargo, no solo no lograron vencer al navarro. Ni tan siquiera le pusieron en aprietos. Miguel transmitía indestructibilidad no solo en las cronometradas. En la llegada al Terminillo asesta el primer golpe descolgando a Chiocciolli primero y a Chiapucci más tarde. Y el épilogo de la carrera, con la disputa de la crono, acrecentó esta sensación cuando el navarro lograba doblar al “diablo”. Miguel era el primer español en ganar la ronda italiana. No contento con ello, acudió al nacional en ruta, el cual también venció.

Miguel se presentaba en el Tour como máximo favorito, a expensas de ver cómo se presentaba su a priori máximo rival, Bugno. La carrera de ese año contaba con un inicio belga, con numerosas trampas y encerronas emulando a las clásicas. Tras ese complicado comienzo en el que muchos rivales pensaron tener algún tipo de opción, la prensa nacional e internacional se hace eco de la aparente pasividad del navarro, que no toma la iniciativa en ningún momento, a pesar de que la mayoría de sus rivales cobra ventaja sobre él. Las suspicacias llegan a aseverar que como español en un equipo español, ese tipo de terrenos le superan. Sin embargo, el Tour finalizaba exactamente tras la disputa de la contrarreloj de Luxemburgo. Allí todos los rivales de Miguel alzaron bandera blanca.
Sin embargo, hubo uno que no quiso hincar la rodilla. No todavía. En la jornada reina de los Alpes, camino de Sestriere, Claudio Chiapucci hizo historia. En una jornada absolutamente épica, el de Uboldo coronó por delante todos los puertos de montaña salvo el primero, en un ataque sin concesiones al líder. Indurain recogió el guante y, tras una maratoniana jornada, acabó desfalleciendo ante un rival físicamente inferior. Claudio Chiapucci pasó a la historia del ciclismo en una de las más bellas etapas de montaña de la historia. Aquel Tour finalizaba con el establecimiento de una nueva jerarquía. Ahora ya no había duda. Indurain era el primer hombre desde Roche en el 87 en lograr el preciado doblete Giro-Tour. Pero más allá de esa estadística, estaba la forma de lograrlo. Miguel Indurain había superado con rotundidad a todos sus rivales, que se veían incapaces de plantear ningún tipo de problema a un corredor seguro, potente, completo, sin fisuras, que se hacía más y más fuerte conforme pasaban los días. Parecía ajeno al esfuerzo, a la presión, y solo resultaba más humano cuando las condiciones meteorológicas le eran adversas.

1993: El vueltómano definitivo
1993 comenzaba con la decisión en enero de repetir experiencia en el Giro. Dado que la de 1992 se demostró una acertadísima decisión, no existía razón para cambiar el calendario. Miguel sabía que ahora todo había cambiado: era el ciclista más vigilado en cualquier carrera tanto por rivales como por los medios. Miguel probó los sinsabores de dos de sus grandes frustraciones. No lograr brillar por un lado en Milán-San Remo y, por otro, fracasar en la Lieja. Realmente fue un inicio de campaña anónimo para Indurain que, al igual que el año anterior, adoleció de una baja condición, que no hacía sino refrendar el gran cierto que era para él escoger el Giro de Italia.

A pesar de que en Romandía no estuvo tan fino como el año anterior, teniendo una actuación discreta, a medida que avanzaban los días y tras participar en el Giro de los Apeninos, Miguel se mostraba listo para su participación en el Giro. Como el año anterior, la actuación de Miguel sorprendió a propios y extraños, y no por esperada dejó de ser menos impresionante. Sin embargo, tumbados sus rivales habituales, Bugno y Chiapucci, surgió una nueva amenaza en la figura de Piotr Ugrumov. Miguel no dio importancia a un rival que tuvo fuera de combate más de una vez a lo largo de la carrera. En la ascensión a Oropa sometió al navarro a un acoso continuo hasta que, sorprendentemente, Miguel entró en crisis. Sin embargo, el propio letón también se inmoló en sus propios ataques, de tal modo que Indurain pudo manejar la desventaja para acabar venciendo la ronda italiana tras el consiguiente susto.

En el Tour de Francia, Miguel se enfrentó al que era y fue el mejor corredor de la época tras el navarro, el suizo Tony Rominger. Con el aura de ser el mejor escalador del momento, el suizo se presentaba en 1993 como firme alternativa a Miguel. Sin embargo, todas sus opciones se esfumaron muy rápido y tras las primeras jornadas en las que la mala suerte se cebó con él en particular y con su equipo, el Clas, en general, por lo que el doble ganador de la Vuelta se vio inmerso en una remontada, ya no contra Indurain, sino contra el resto de ciclistas hasta terminar segundo. En aquel Tour de aparente placidez Miguel pasó momentos realmente complicados, ya que terminó la carrera enfermo. Junto con ellos, en el podio subió un desconocido Zenon Jaskula.

1994: La madre de todas las batallas
1994 resultó un año que precedería a importantes cambios en el calendario de Miguel Indurain. Esta temporada supuso su última participación en el Giro de Italia. Una carrera a la que acudía como doble ganador, sobre un recorrido durísimo en el que destacaba el Mortirolo, un puerto que contaba con unos porcentajes prohibitivos. En cualquier caso, el programa competitivo de aproximación de Miguel permanecía invariable. El inicio de campaña fue si cabe más complicado para Miguel de lo que tradicionalmente ya solía ser. Llegó muy poco rodado debido a una molesta lesión, y además fue un año en el que se vio muy afectado por procesos alérgicos. Y se demostró era el peor año para que esto sucediera. En la carrera italiana se enfrentó de lleno con el gran problema con el que se encontraron en 1990 Lemond, Fignon y Delgado. Entonces se trataba de la pujante generación del 64, ahora pedía paso la indolente generación del 70, que se vio representada por un gran número de ciclistas en aquel Giro, sobre todo por los a la postre fueron 1º y 2º de la ronda: el ruso Eugeny Berzin y el italiano Marco Pantani.

El primero fue una estrella fugaz que en aquel 1994 se presentó en la salida del Giro como el mejor ciclista del año. El segundo se convirtió en un escalador legendario y en aquel momento era un joven anónimo que buscaba aprender al lado de Chiapucci. Y entre ellos Miguel Indurain, el mejor corredor de los últimos tres años ante el reto de emular Merckx y ganar tres veces seguidas el Giro, tal y como hizo el belga a inicios de los 60.

Miguel sufrió importantes derrotas por primera vez en tres años, en contrarreloj a manos de Berzin, y en montaña a manos de Pantani. Fue 3º de aquel Giro, y de un plumazo caía derribada el aura de imbatibilidad de Miguel en la mítica jornada de Aprica. Sin embargo, nadie quiso ver que había conseguido en una situación de inferioridad física estar al lado de dos supertalentos en crono y subida. En el Tour despejaría las incógnitas, revelando un nivel físico nunca visto, en todos los terrenos.

Como dijimos anteriormente, su presencia y posterior derrota en el Giro fue provechosa, ya que Miguel conoció la nueva escala de medida en la ascensión de puertos. Erróneamente en el profesionalismo se pensaba que la medida en ascensión la marcaba Tony Rominger. Y eso cambió en 1994 con la irrupción de Marco Pantani, que se convirtió en la pauta. Miguel incluyó en su “ordenador” mental a ese joven que tantos problemas le había dado en el Giro, y encontró solución a esta variable incontrolable.

Había que eliminarle, asfixiándolo gracias a las jornadas llanas, la primera contrarreloj, y el primer día de montaña en el que acusaría el cambio de desarrollos. Después se le podría dejar a su libre albedrío. El Tour de 1994 duró diez etapas. Exactamente fueron esas las que necesitó para destrozar la carrera, diseñada totalmente en su contra, con varios maratones de montaña. En Bergerac, Indurain en otra demostración de poderío hundió a Rominger, crecido tras sus exhibiciones en la Vuelta. El suizo de hecho no finalizó el Tour aquejado de problemas gástricos. Durante el resto de carrera, Miguel, contemplaba ajeno a cualquier tipo de problema el reparto de las migajas. Esta privilegiada posición, probablemente le proporcionó a Indurain la posibilidad de analizar a posibles futuros rivales, que, aunque protagonistas más adelante, en realidad durante su reinado no volvieron a inquietarle, no pasando de ser meros animadores puntuales en la montaña o en las cronometradas. Tras unos Pirineos y Alpes excesivos, el ganador era el mismo.

Indurain conquistaba su cuarto Tour. Con dos Giros y cuatro Tours, Miguel entraba dentro de una perspectiva histórica de gran dominador. Ante él un nuevo reto. Sacrificaba el final de temporada para tratar de batir el record de la hora. Este objetivo se reveló como un error de cálculo, al suponer un esfuerzo estéril y poco rentable, evaluando las horas de esfuerzo invertidas y el rédito obtenido. José Miguel Echavarri y Sabino Padilla supervisaron todo lo relacionado. Para Indurain esta experiencia suponía todo inconvenientes. Sufría mucho con la postura, con el desgaste psicológico.

El asalto del record se convirtió en un acontecimiento deportivo, y con las cámaras de Canal+ como testigos, con la plana mayor de sus comentaristas de fútbol, se inmortalizó el exitoso logro del navarro. De primeras todo eran elogios y parabienes de sus directores, sin embargo muy pronto Rominger, amparado en todo el equipo médico Mapei, especialista en la materia y encargados de preparar en su día a Moser, batía en altitud la marca de Indurain. El entorno Banesto se apresuró a afirmar que Miguel lo recuperaría. A Indurain no le interesaba.

1995: Indurain entre los más grandes
Tras todo lo logrado en los últimos cuatro años, era una temporada con un objetivo claro y único: ser el primer ciclista en la historia capaz de ganar 5 Tours de forma consecutiva. La preparación iba encaminada a estar al 100% en julio y agosto. Miguel renunció por primera vez en muchos años a correr una segunda gran vuelta. El adelanto de fechas de un Giro durísimo y sus habituales problemas con resfriados y alergias, tanto a su entorno como a él, le hacían estar convencidos de su incapacidad para rendir en su mejor nivel en esas fechas.

Y llegó el quinto Tour de Indurain. Un Tour sin historia, que comienza y termina donde y cuando marca el navarro, que establece la pauta. La carrera se presentaba a priori como una lucha de Indurain contra el poder de la Gewiss, la ONCE y Mapei. En un trazado con truco, con una incursión en las Árdenas en los diez primeros días, previo al paso de los Alpes. Un Tour animado por la ONCE, por Pantani, por Riis, marcado por el fatal accidente de Fabio Casartelli, pero con un único protagonista principal: Miguel Indurain y su coronación en Paris como nuevo miembro del selecto grupo de ganadores de cinco Tours de Francia, siendo el primero que los consigue de forma consecutiva.

En esta ocoasión, Indurain se muestra como un corredor más completo, ambicioso y definitivo que en ediciones precedentes, lo que carga de desmoralización a rivales y prensa, que no ven el final de su reinado. Se exhibe en crono, en trazado de clásica de primavera, en montaña… En un recorrido con los Alpes previos a los Pirineos, Indurain acaba con las escasas ambiciones de sus rivales en la primera parte de carrera, asestando en un tríptico de etapas inolvidables en las postrimerías de Lieja, un golpe de autoridad incontestable. Sólo la ONCE tanto en Alpes, con un Álex Zulle increíblemente fuerte, o en el Macizo Central con la mítica etapa de Jalabert escapado junto con varios compañeros camino de Mente, que pudo haberle costado un disgusto, pusieron en ciertos aprietos a Miguel. Los Pirineos quedan totalmente marcados por la muerte en el descenso del Aspet de Casartelli, campeón olímpico en el 92. Tras la desgracia, en una etapa épica Lance Armstrong, el campeón mundial de 1993 y futuro dominador del Tour de Francia, homenajea a su compañero en Motorola ganando y entrando en meta señalando al cielo.
Bjarne Riis y Alex Zulle en esta ocasión acompañan al navarro en su coronación como mito viviente de la historia de la ronda francesa. A partir de aquí surgía el debate. ¿Es el mejor ciclista por etapas de la historia? ¿Podrá ganar un sexto Tour?

Operación Duitama: éxito a medias
Tras su rotundo éxito, Miguel comenzó un periodo muy agitado en los medios, en los que se manifestó muy interesado en ser él en primera persona quien controlara su calendario, al considerar que actualmente estaban comenzando a prevalecer intereses de otro tipo frente lo que a el le convenía. Participó en la Vuelta a Galicia, la cual ganó de forma incontestable, y anticipó su no participación en la Vuelta, que estrenaba fecha en septiembre, priorizando uno de sus grandes sueños, el Mundial. Se celebraba en Colombia en el trazado más duro nunca diseñado y parecía hecho a su medida. Si alguna vez tenía que convertirse en arco iris era en 1995. Padilla ya le había anticipado que sus valores de recuperación no eran ya los mismos que en temporadas precedentes y debía guardar su físico.

En el momento en que decidió que iría al mundial, Indurain se encomendó en cuerpo y alma a la tarea de estar en perfectas condiciones para el reto. Marchó a Colorado a prepararse en altitud, a aclimatarse, mientras se insistía en que él tendría la última palabra en caso de que pudiera existir una tentativa al récord de la hora tras el Mundial.

Indurain cumplió los pronósticos y venció la entonces novedosa prueba CRI, con Abraham Olano segundo. La prueba en ruta fue dominada por la selección española, con los suizos de convidados de piedra, y Pantani como ciclista más activo en individual. Aprovechándose del marcaje existente a Miguel, Olano decidió jugar sus opciones, y al no haber reacción concreta por atrás en las postrimerías del final, Miguel decidió sacrificar sus oportunidades, en pos de salvaguardar los intereses del colectivo. Todo el mundo sabía de las ganas que tenía Indurain por ser arco iris. Pero no pudo ser. Venció el sprint tras Olano, nuevo campeón mundial, coleccionando una medalla más a su vitrina de mundiales.

El desatino del récord de la hora
Tras el Mundial Miguel se vio en la tesitura de forzar la forma para tratar un nuevo asalto al récord de la hora. Él nunca estuvo convencido, y carecía del descanso y preparación adecuada. Sin embargo, la insistencia de sus directores y los compromisos con diferentes patrocinadores apremiaron. A partir de aquí, Indurain rompió unilateralmente un matrimonio prácticamente idílico hasta ese momento con sus mentores.

El intento de récord fue un fracaso. Desistió a la media hora, tras comenzar en cifras de record, que pronto se vieron penalizadas por el viento y por la falta de motivación adecuada. Miguel terminó muy disgustado aquel otoño. Ni le gustó el resultado de Duitama, ni quería oír hablar de récords. Sin embargo, a pesar de que en un principio pudiera parecer Miguel aceptara su plata como parte del juego, en realidad se sentía frustrado al considerar que podía haber peleado por el oro y que en su equipo no se había respetado la jerarquía. Algo que él siempre había respetado. Miguel quería cerrar el año.

1996: La vida parece seguir igual
El año 1996 supuso la última temporada como ciclista profesional de Miguel Indurain. Fue una campaña llena de contrastes en la que en primavera nadie podía imaginar que se resolvería del modo en que finalmente terminó. Aunque es verdad que con cierto aire premonitorio, Indurain por primera vez en su carrera mostraba en la presentación del año cansancio psicológico, estrés mental de tantos años de bicicleta, y coqueteaba en sus declaraciones con la retirada. En cualquier caso el reto del asalto al sexto Tour era evidente. Como también era evidente, aunque ambas partes fueran lo suficientemente diplomáticas y correctas como para disimularlo, la ruptura de relaciones entre los directores de Banesto, y la dupla Indurain-Padilla.

En términos absolutos, la campaña de pruebas preparatorias al Tour fue un éxito rotundo. Miguel comenzó el año muy tarde, tal y como había hecho en 1995, renunciando de nuevo al Giro. Pero en mayo el navarro asumió una carga de trabajo tremenda, con un bloque de competición muy serio, que incluía la actual Vuelta al Algarve, Vuelta a Asturias y Bicicleta Vasca. Las ganó todas, y en todas ganó al menos una etapa. Posteriormente acudió a la Dauphine Libere, “amenazando” con participar en la Volta a Cataluña en caso de que considerara necesitaba más competición. No hizo falta. Arrasó en la prueba francesa y marcaba la pauta de quién era el único y exclusivo favorito de cara al próximo Tour de Francia.

El recorrido de la ronda gala no le era excesivamente propicio de inicio, tras la supresión de la primera contrarreloj antes de los Alpes, la inclusión de una cronoescalada, aunque con la motivación de unos Pirineos que precedían a una etapa con final en Pamplona que podría suponer el día de mayor gloria de Indurain.

Que el Tour iba a ser diferente, casi se podía adivinar, viendo los primeros diez días con un tiempo más propio de primavera u otoño que de la estación estival. Sin duda, fueron un cúmulo de circunstancias las que cocinaron el desastre: una preparación adelantada, el tiempo poco propicio para su organismo, la edad que hacía que ya no recuperara del mismo modo… Pero el caso es que Miguel hizo crack. Falló. Falló en el Tour como no fallaba desde ocho años antes. Desde 1989. Camino de Les Arcs, la primera llegada en alto de la carrera, Indurain no tuvo capacidad de respuesta ante los progresivos acelerones.

Fue una jornada rara sin duda. Hubo muchos favoritos que no estuvieron donde se suponía. Zulle también falló. El navarro pedía insistentemente sales al coche, para tratar de recuperarse de un bajón físico que hacía que le costara hasta mantener un ritmo mínimamente sostenido. Ese fue el inicio del fin. Indurain sufrió en aquel Tour más que en cualquier otro. No solo físicamente, sino mentalmente. Y el día en que le dieron la estocada fue justamente en la jornada en que el Tour llegaba a Pamplona. Un destino cruel para un campeón que dio mucho al Tour, y sin embargo, el Tour se lo arrebataba todo de un plumazo.

Hubo jornadas menos malas, como la cronoescalada, como la última crono, pero eran espejismos. Miguel no estaba a su nivel. Las alternativas se sucedieron y cuando todo parecía dispuesto a un relevo generacional con Berzin, Virenque, Olano, comandando la revuelta, fue un coetáneo de Indurain, el danés Bjarne Riis, amparado por un potentísimo Telekom y escudado por un jovencísimo alemán llamado Jan Ullrich, el que tomó las riendas de la carrera, ganando la prueba en la montaña, entrando a matar en los Alpes y apuntillando en los Pirineos.

Aquel Tour sepultó a Berzin y en menor medida a Abraham Olano. También supuso el final de un combativo Rominger que se inmoló camino de Pamplona. Pero por encima de todo, y de todos, fue el Tour en el que Miguel Indurain cayó derrotado. En agosto de 1996, Miguel Indurain se enfrentaba al que el pretendía fuera el último reto de su temporada: los Juegos de Atlanta. Existían muchas dudas sobre su condición física, y así lo dejó entrever su médico Sabino Padilla. Además Miguel consideraba el circuito de la crono excesivamente técnico, y poco propicio a sus intereses. La sombra de Eugeny Berzin era muy alargada. Y todo parecía indicar tras el fracaso del Tour que comenzaba el relevo generacional en el que Abraham Olano podía estar más capacitado que Miguel para el oro. Sin embargo, Indurain fue el de las grandes ocasiones. Fue un triunfo lejos de ser aplastante. Pero sí contundente.

En la rueda de prensa posterior a su triunfo olímpico, Miguel se expresaba en unos términos que impedían ver una retirada inmediata. Chris Boardman alababa la calidad humana del navarro. Echavarri y Unzué llegaron al convencimiento de que Indurain debía acudir a la Vuelta, a pesar del agotamiento mental del corredor y de que Indurain a una prueba tan cruzada como la Vuelta no quería volver a menos que tuviera garantías de éxito.

Con evidentes signos de agotamiento físico y mental, Indurain afrontó el final del verano con profesionalidad hasta que su cabeza dijo basta. Y esto ocurrió de la peor manera posible, durante la disputa de la Vuelta a España, siendo tercero de la general, en la etapa de Lagos de Covadonga pero tras ser derrotado en la primera crono y ser incapaz de seguir el ritmo de los mejores en el Naranco. Miguel Indurain toma la decisión de abandonar la carrera tras descolgarse de un nutrido pelotón en el Mirador del Fito, abriendo un periodo de silencio, en el que se especula con su salida de Banesto, su posible fichaje por la ONCE.

Tras tres meses de comentarios, Miguel anuncia una rueda de prensa en la que manifiesta su decisión de abandonar el ciclismo profesional a los 32 años de edad. Y como todo en Indurain, procedía de una profunda reflexión y volvió a demostrarse en perspectiva histórica que el navarro acertó.

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