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Montero, un pionero lejos de las montañas

Abulense de nacimiento (Gemuño, 1908), pero criado en Ordicia (Guipúzcoa), Luciano Montero fue uno de los grandes “ases” de nuestro ciclismo en los años previos a la “Guerra Incivil”. Junto con su hermano mayor Ricardo, campeón de España en 1925, y su sobrino (también llamado Luciano y que corrió en el equipo Kas), formó parte de una de las primeras sagas familiares famosas de nuestro ciclismo. Su nombre es recordado todos los años al llegar septiembre con la sempiterna frase: “Luciano Montero inauguró nuestro palmarés mundialista con un segundo puesto en 1935”, pero su historia deportiva va mucho más allá de aquella tarde gloriosa y de las 41 victorias que los almanaques ciclistas registran en sus 18 años de carrera profesional (1926 – 1944)

Un contrarrelojista consumado
En la década de los 30 nuestros compatriotas comenzaban a destacar como consumados “grimpeurs”, incapaces de defenderse en el llano ante las “locomotoras” europeas. En este contexto el completo Mariano Cañardo y nuestro protagonista fueron “raras avis” entre los Trueba, Ezquerra o Cardona, corredores que volaban en cuanto la carretera miraba al cielo pero que penaban por valles y campiñas. Luciano se distinguió por ser el primer contrarrelojista puro de nuestro ciclismo, merced a sus magníficas dotes de rodador. Estas cualidades las supo explotar al máximo para convertirse en tres ocasiones en campeón de España de Fondo en carretera. Este campeonato, la carrera más prestigiosa del país junto con las Vueltas al País Vasco y Cataluña en la época, comenzó a disputarse en la modalidad contrarreloj individual en 1926.

Con ello la Federación buscaba evitar los “amaños” y sprints finales dilucidados de modo violento, muy comunes hasta ese momento. Este cambio convirtió a los nacionales en una lucha cerrada entre Cañardo, nuestro campeón por excelencia en los años 30, y Montero, mejor contra el crono que el catalán peor con menos motor. De hecho, en todos los pódiums obtenidos por Luciano, excepto en su primera victoria de 1929, aparece acompañado por Mariano. En su duelo particular salió victorioso el catalán (4 campeonatos frente a 3) merced a que la longitud de las CRI, 100 e incluso 150 Km, le permitían recuperar en los últimos kilómetros de la prueba la ventaja acumulada a Luciano en el comienzo merced a su mejor estilo rodando en solitario.

Estos cerrados finales generaron una gran expectación entre los aficionados de la época, las crónicas hablan de campeonatos con hasta 200.000 espectadores en las cunetas, y una tremenda división de opiniones en la prensa de la época. Por una parte estaban los que, partidarios de Cañardo, minusvaloraban los triunfos de Montero y clamaban por la vuelta de la prueba en línea para dilucidar el campeón de España ya que daba más oportunidades a los que en la época eran denominados “routiers” (ciclistas todoterreno). En la otra estaban los que consideraban que la “prueba de la verdad” era el modo más justo de dilucidar al campeón.

Esta polémica hizo correr ríos de tinta tras el campeonato de 1932, donde Luciano fue claramente ayudado por Cardona y su hermano Ricardo, que habían salido 5 y 10 minutos antes. Ello convirtió al de Ordicia en el enemigo público nº 1 de prensa catalana, que desde entonces le acusó constantemente de no tener la clase suficiente para ganar pruebas en línea, e incluso contrarreloj “sin ayudas externas”. Su incontestable victoria de 1934, liderando la prueba en todos los puntos de paso sin dejar opción alguna a Cañardo, dio a entender que, al menos en las CRI, Montero era un corredor merecedor del máximo de los respetos, tal y como atestiguan sus tres pódiums consecutivos en el GP de las Naciones, una carrera “vetada” históricamente para los españoles y en la que acompañó en el “cajón” a los grandes rodadores de la época.

El primer éxito mundial
Paradójicamente el mayor logro de su carrera lo logró en una carrera en líneas, en una memorable tarde de agosto de 1935 en la que con su actuación tapó muchas bocas. Fue en el Mundial disputado en la ciudad belga de Froreffe, en un duro circuito de 13,4 Km con tres cotas y un tramo adoquinado al que se daban 16 vueltas. Partían como favoritos el belga Maes, vigente ganador del Tour, el francés Speicher y la temible selección italiana, encabezada por Olmo y Learco Guerra, la “locomotora humana”.

La selección española estaba liderada por Mariano Cañardo y no contaba en los pronósticos. El debutante Luciano veladamente buscaba emular el logro de su hermano Ricardo, cuarto en el mundial de Roma en 1932. El campeonato comenzó con un fuerte ataque de Speicher, que como en 1933 busca la victoria desde lejos. Aunque sus esfuerzos son infructuosos consigue romper el pelotón en pedazos, quedando en cabeza un grupo con representantes de las principales selecciones en el que figuran Cañardo y Montero, mostrándose Luciano especialmente activo hasta que el seleccionador Prieto le reprende voz en grito por su alocada actitud.

Sobrepasado el centenar de kilómetros se desata una gran tormenta y Luciano, desoyendo los consejos de su preparador ataca con fuerza, llevándose a su rueda a Aerst. La tempestad provoca un espectáculo dantesto en el breve tramo de pavé del circuito con varias caídas, entre las que destaca la de Olmo que junto a otros muchos opta por el abandono.

Tercamente Luciano ocupa la cabeza prácticamente durante toda la escapada con un ritmo machacón, como si de una crono se tratara, llevando en carroza a un Aerst que ya en la época final de su carrera viene de conquistar tres etapas en el Tour, donde ha estado al servicio de Maes. Tras completar una vuelta a 37 Km/h los fugados abren un hueco superior a los 10 minutos con los inmediatos seguidores. Pero entonces sucede lo inevitable, Luciano se descuelga tras un ataque del experimentado Aerst, que aprovecha a 2 vueltas para el final el momento en que el español cambia de desarrollo para afrontar la más dura de las cotas con el piñón grande (en 1935 todavía se debía poner pie a tierra para realizar esta maniobra de modo manual). Aerst continúa raudo hacia meta, en la que aventaja a un Montero que no se desmorona en 3 minutos y en casi 9 al tercero, el también belga Daniels. Cañardo llega en 9ª posición y casi todos los favoritos se han retirado, incluido un decepcionante Guerra.

32 años tardaría uno de los nuestros en conseguir de nuevo un metal mundialista, de la mano de Ramón “Tarzán” Sáez , que se clasifica 3º en el primer mundial triunfal de Merckx. El maleficio mundialista no se rompería hasta el mítico doblete de Olano e Indurain, muchas décadas después de que Montero entrase para siempre en el libro de oro del ciclismo español.

Exilio y olvido
Convertido en héroe popular en el País Vasco, sólo superado en fama deportiva por el boxeador Uzcudun, Luciano parece destinado a tomar del relevo de Cañardo, Ezquerra y Vicente Trueba como estandarte del ciclismo ibérico. Sus esperanzadas declaraciones recién finalizado el mundial así lo apuntan “¿Contento? Mucho más de por lo que he hecho, por lo que podré hacer en el futuro”. Luciano contaba con 27 años y al menos 6 – 7 años más en la élite, tal y como rezaban los diarios de aquellos días.

1936 es un año regular en lo deportivo para Luciano – 10º en el mundial, 2º en el Campeonato de España, superado cómo no por Cañardo y 3ª de nuevo en el GP de las Naciones-, pero terrible en lo personal. Su querida República se tambalea ante el avance de las tropas de Franco y su carrera deportiva sigue el mismo camino. El guipuzcoano toma el camino del exilio, primero hacia Francia y después hacia Argentina, no disputando de nuevo sus pruebas fetiche, el mundial y el campeonato de España.

Tampoco tendría oportunidad de demostrar su potencial en las grandes vueltas. Antes de la Guerra Civil sólo había disputado un Tour y una Vuelta. En 1934 debutó en la Grande Boucle, donde ocupa la 30ª plaza lastrado por las caídas. Aún así contribuyó decisivamente en las etapas llanas al exitoso 3ª puesto por equipos de un insólito equipo mixto hispano – suizo. Había también sido de la partida en la Vuelta inaugural, en 1935, donde se había retirado enfermo camino de Zaragoza en la 6ª etapa.

Censurado por la prensa franquista, sus triunfos en el exilio en tierras francesas como GP Marsella o Burdeos – Angouléme pasan completamente desapercibidas y tras “pasar el charco”, donde su carrera languidece definitivamente, su nombre poco a poco es olvidado por la afición. Su muerte a principios de agosto de 1993, ocurrida en Buenos Aires, es dolorosamente obviada por la mayor parte de la prensa española, que pocos días después del deceso encabezan sus crónicas de la plata de Indurain en Oslo haciendo una vez más referencia a la lejana gesta de Luciano, pero no realizando un mísero homenaje a la figura del guipuzcuano.

Así fue la azarosa carrera deportiva de un ciclista atípico en la época y país que le tocó vivir. Un campeón al que los buenos aficionados al ciclismo siempre recordaremos.

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