Robert Gesink y la mirada del tuerto

Resumir la carrera del holandés es hablar de la mala suerte del destino en un ciclista que iba para gran estrella y se ha quedado en un mero buen ciclista, escalador de grandes cumbres que únicamente muestra constancia en la desgracia, en el abandono forzoso de situaciones de éxito parcial o completo. 

Robert comenzó su camino en el máximo nivel en 2008, con una buena escalada al Angliru durante la Vuelta de aquella temporada que le valió su primer gran puesto. Ya mostraba maneras y se hablaba de él, pero aquella escalada le demostró que podía codearse en los mejores escenarios con los mejores corredores. Subió un peldaño en 2009, aprovechando su abandono en el Tour. Rozó el podio en la Vuelta, yendo incluso a segundos del maillot entonces oro de líder. Una caída camino de Talavera de la Reina, a dos días del final, le provocó tales lesiones en una rodilla que el podio que tenía en la mano se tornó en un sexto puesto muy meritorio.

2010 vio cómo el Tour era superado por un hombre que tenía aún esa duda. Podía con él y fue su mejor participación, firmando un puesto en el top ten, aupado al cuarto con las sanciones por dopaje que los años han ido trayendo. Originalmente fue el sexto siendo el gregario de Menchov, un buen resultado.

Y en 2011 se retomó la mala suerte. El fallecimiento de su padre, las fracturas de fémur, una operación de corazón y, por último, complicaciones en el parto de su esposa, han hecho que el holandés, que ha ido pasando por todas las denominaciones del antiguo Rabobank haya ido desperdiciando obligado oportunidades de firmar un buen curriculum de buenos puestos en grandes rondas. De este modo, se puede distinguir entre la carrera real de Gesink y la que podría haber sido de no haber mediado esa barrera invisible que le ha alejado de su cota real como ciclista.

L.S.

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