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SALTANDO MUROS

En julio de 1.945, durante la Conferencia de Postdam, los Estados Unidos de América, Gran Bretaña y la Unión Soviética acordaron dividir la ciudad de Berlín en cuatro zonas. Fue ése el acuerdo, pese a que Berlín estuviese enclavada en el territorio de lo que posteriormente se denominó República Democrática Alemana, de indudable influencia soviética.

Así, Berlín se repartió entre la zona francesa, la inglesa y la estadounidense (tres países de economía capitalista) y la parte soviética (de economía centralizada comunista). Muchas personas huyeron de la zona de influencia comunista a la capitalista. Sabemos que huyeron. Lo que no sabemos es si lo que encontraron respondió a sus expectativas. Pero eso ya son otros temas… Lo cierto es que, ante esa masiva “escapada bidón”, las autoridades comunistas, en agosto de 1.961 iniciaron en Berlín la construcción de un muro para impedir más salidas. Un muro que comenzó a derribarse en noviembre de 1.989. Veintiocho meses antes de eso, Berlín acogió la salida del Tour de Francia de 1.987. Históricas son las fotos de ciclistas vestidos con los maillots de sus equipos junto al mentado muro. Luego iremos con algunos de los protagonistas de ese Tour. En este caso no serán ni los Roche, ni los Delgado ni los Bernard, que tan excelente Tour nos ofrecieron aquel fresco mes de julio francés.

Más allá del muro de Berlín, existió el llamado “Telón de Acero”. No era exactamente un muro físico como el de Berlín. Era un muro virtual, que separaba las dos formas de vida que ya hemos apuntado anteriormente. La capitalista, apuntalada por un Estado de Bienestar garantizado por los propios gobiernos de esos países capitalistas, y la comunista.

El “Telón de Acero” que separaba por aquel entonces las dos Europas, la oriental y la occidental, también tenía su reflejo en nuestro deporte de las dos ruedas. Mucho más que en otros deportes como el fútbol o el baloncesto, donde los equipos compartían y se enfrentaban en las mismas competiciones continentales. Hubo un tiempo en que las máximas figuras del ciclismo de los países comunistas no podían enfrentarse a las de los países capitalistas. Y viceversa. Las carreras que se disputaban en el bloque oriental no podían ser corridas por corredores considerados como “profesionales”. Sólo podían presentarse a esas competencias, ciclistas “amateurs”. Así, solían acudir a esas competiciones selecciones nacionales de países capitalistas formadas por corredores que todavía no habían debutado en ningún equipo profesional del bloque occidental. Y es que, por supuesto, en los países europeos orientales, no existían tales equipos profesionales. Los ciclistas que presentaban estos equipos nacionales “comunistas” tenían una consideración también de “amateurs”; aunque su dedicación fuera totalmente exclusiva al entrenamiento y vida ciclistas. Pero el apelativo de deportista profesional en aquellos años en la Europa comunista tenía una consideración peyorativa. Y así, pese a esa dedicación exclusiva al deporte, estos deportistas seguían siendo considerados como “amateurs”. Los sueldos que recibían no eran nada extraordinario. Eso sí; tenían por supuesto otros tipos de beneficios: algo así como una remuneración en especie; lo importante era dar una imagen de que esos deportistas eran prácticamente iguales en cuanto a sueldos y consideración que el resto del proletariado del país. Que no tenían privilegios. Y eso podía ser así, repetimos, en cuanto al sueldo recibido. Se partía de la base que su sacrificio se pagaba con la gloria de poder representar a su país. Porque su trabajo, no representando a ninguna empresa comercial reseñada en su maillot, era ciertamente, un trabajo “improductivo”.

En resumidas cuentas, aquellos ciclistas del Este europeo eran unos profesionales encubiertos. De hecho, arrollaban cuando se enfrentaban a los “amateurs” de los equipos comerciales aficionados europeos. El “Tour de Francia” particular del bloque oriental, la Carrera de la Paz, comenzó a disputarse en 1.948. Su origen fue la conmemoración de la victoria de la URSS sobre Alemania en la Segunda Guerra Mundial. Y a pesar de que los países occidentales enviaban a esa carrera a ciclistas a punto de dar el paso al mundo profesional, era palpable la superioridad en el palmarés de los ciclistas orientales europeos. No sólo eso. En muchas de las carreras organizadas ya en territorio “capitalista”, en la que se enfrentaban los ciclistas amateurs venidos del este y los amateurs del oeste europeo, solían dominar esos corredores orientales, a veces de forma absolutamente abrumadora, como por ejemplo la Vuelta a Navarra de 1.983. En esta edición, incluso parejas o tríos de ciclistas vestidos de rojo escapados en cabeza de carrera no podían ser absorbidos por un pelotón que ponía todo su empeño en ello. También en los Tour de l’Avenir de finales de la década de los setenta y principios de los ochenta.

Y es que la compartimentación estanca en aquellos años de nuestro ciclismo impedía que los ciclistas considerados como profesionales se pudiesen enfrentar a los considerados como amateurs. Con una excepción: las pruebas consideradas como “open”, abiertas a la participación tanto de unos como de otros.

En 1.983 la organización del Tour de Francia declaró el Tour grande como carrera open. Era la gran oportunidad para que pudiésemos asistir, en un gran escenario, a un enfrentamiento entre las máximas figuras del ciclismo europeo oriental y occidental. Sin embargo, las autoridades soviéticas decidieron no aceptar el reto y no enviaron equipo. Ocasión que sí aprovechó la selección colombiana, bajo la dirección del mismísimo Luis Ocaña y con ciclistas como Patrocinio Jiménez y Condorito Corredor en la línea de salida, que todavía no habían dado el salto a profesionales con el equipo cántabro Teka.

En 1.985, Mijaíl Gorbachov alcanzó el poder en la Unión Soviética. Con él comenzó la llamada “Perestroika”. Algo similar a un proceso de aperturismo político. A partir de ese momento, en lo referido al ciclismo, los medios de comunicación nos goteaban de cuando en vez con noticias de que por fin podríamos ver a ciclistas soviéticos accediendo al profesionalismo. El entonces máximo responsable de la preparación de los ciclistas soviéticos, Alexandre Gusjatnikov, declaró al término de la Praga-Berlín-Varsovia que “para finales de ese año 1.987 los mejores corredores soviéticos podrán pasar al campo profesional. Todos los deportistas tienen derecho a ser profesionales”. Según ese responsable la política deportiva de la Unión Soviética había evolucionado desde que Gorbachov había tomado las riendas del país. Se especulaba con una industria italiana de la que en aquellos momentos se desconocía el nombre para que se convirtiese en el equipo que alojase aquellos deportistas. Hubo que esperar finalmente a 1.989 para que los Sergei Soukhoroutchenkov, Ivan Ivanov, Dimitri Konishev, Vladimir Pulnikov, Andrei Tchmil, Piotr Ugrumov, Sergei Uslamine… debutaran en profesionales en el Alfa-Lum italiano.

Antes que todos estos, que se convirtieron en profesionales en bloque y porque las autoridades soviéticas lo consintieron, hubo algunos otros ciclistas que saltaron ese telón de acero. Algunos pertenecientes a la entonces URSS. Otros que vivían en países de su influencia. De estos otros casos hablaremos en nuestro artículo de hoy.

LE TOUR ET L’EUROPE / QUAI D’ORSAY / 23 JUIN 2017 / PHOTO BRUNO BADE /

Caso curioso fue el del tristemente fallecido ciclista de origen estonio Jaanus Kuum. En respuesta al boicot ejercido por USA y algunos de sus aliados a los JJOO de Moscú de 1.980, la URSS respondió de idéntica manera a los JJOO de Los Ángeles en 1.984. Por aquel entonces Kuum ya corría en la selección soviética. Kuum decidió fugarse entonces de la URSS hasta Noruega, y pedir allí asilo político que las autoridades le concedieron. Kuum corrió en el potentísimo La Vie Claire de Hinault y Le Mond. Al estadounidense también acompañó en su victorioso Tour de 1.989 en el ADR Ad Renting, aunque él no llegase hasta París. También corrió en Teka, TVM, Carrera Jeans… En los ámbitos políticos y deportivos de los países del Este europeo, Jaanus siempre tuvo la consideración de un “prófugo”, por lo menos hasta que la Perestroika quedó definitivamente instaurada.

Fue el Tour de Francia de 1.987 el último de los grandes Tours. Grande en cuanto al número de etapas, con 25. El último gran mastodonte, antes de que en el año siguiente entrase en vigor la norma aprobada por la FICP que consistía en restringir el número de parciales (restricción todavía vigente en la actualidad). Aún así, Jacques Goddet, mítico dirigente de la ronda gala, demandó a la entonces FICP que su Tour tuviese una consideración excepcional, en atención a su leyenda, para mantener su formato. No le fue concedido.

Aquel julio de 1.987 confluyeron en Berlín, a escasos metros del muro levantado por la RDA, 207 ciclistas con sus particulares historias. De entre esos 207 corredores tres habían cruzado el telón de acero de la Europa oriental a la occidental.

Del caso del polaco Cieslaw Lang, nada hemos podido averiguar acerca de cómo fue su paso al ciclismo occidental. Tuvo una trayectoria muy exitosa en su país natal, y la cuestión es que en 1.982 militaba ya en la escuadra italiana Gis Gelati-Olmo donde coincidió con Francesco Moser al año siguiente. En el año 1.984 pasó a Carrera-Inoxpran y en 1.986 a Del Tongo, donde corrió tres campañas y en la que corrió ese Tour de 1.987. Su última temporada fue la de 1.989 en la Malvor.

El bigotudo polaco Lech Piasecki fue, en aquel Tour nacido en Berlín, el primer ciclista del Este europeo que llegó a vestir el maillot amarillo de líder del Tour de Francia. Porque, a pesar de sus apellidos, ni Walkowiak ni Stablinski poseían la nacionalidad polaca. Piasecki corría, junto a su compatriota Lang, en el equipo italiano Del Tongo. En el prólogo berlinés de 6 kilómetros, Piasecki fue segundo a tres segundos del vencedor holandés Jelle Nijdam. Nuestro protagonista polaco batió aquel día a los Roche, Thurau, Bernard, Marie, Induráin… y a su compañero Lang que vivía junto a él en Italia, en Manerba, cerca del lago Garda.

El 2 de julio se disputaron dos etapas. A la mañana, una en línea de 105 kilómetros con principio y final en Berlín. Ocho modestos fugados que se presentan solos en meta. Victoria para Nico Verhoeven y maillot amarillo para Piasecki. Objetivo cumplido. Por la tarde, en una contrarreloj por equipos de 40 kilómetros, los Beppe Saronni, Contini, Lang, Loro y el mismo Piasecki, excelente contrarrelojista, retienen el amarillo en los hombros del polaco.

Al día siguiente, jornada de traslado en avión desde Berlín hasta Karlsruhe. Una jornada de “descanso” que fue muy protestada, al ser tan temprana, por los integrantes del pelotón. Se trataba de trasladarse desde Berlín hasta la República Federal Alemana, pero por aire, sin que hubiese etapa por la RDA. El 4 de julio, en la etapa que caminó desde Karlsruhe hasta Stuttgart, atravesando la Selva Negra, Piasecki perdió el maillot de líder. En Pforzheim, todavía sin que el Tour hubiese abandonado la RFA, a Piasecki se le ocurrió probar el rancho del regimiento de húsares franceses destacados en Alemania. “Eran unas alubias blancas que estaban, por cierto, muy buenas, pero que me han sentado como una bomba. Sufro unos trastornos intestinales como no creía que pudieran darse. Es un “gabinetto” (diarrea) en toda regla. Me han faltado árboles durante la etapa…”. Así, su rendimiento fue decreciendo en aquel Tour.

Lech Piasecki nació en Poznan. Sus ídolos fueron Merckx e Hinault. De aficionado, ganó muchas carreras, llegando a inquietar en algún momento el dominio soviético de la selección de Kapitonov. Durante 1.985, Piasecki ganó 38 carreras, por supuesto sin llegar a enfrentarse con los entonces denominados ciclistas profesionales. Sus logros llegaron a los oídos de Ernesto Colnago, el famoso constructor de bicicletas y ya patrocinador de la escuadra Del Tongo-Colnago. Incluso el señor Colnago se desplazó a Poznan para concretar el fichaje de Lech por Del Tongo. Y es que, en este caso, al parecer los federativos del ciclismo soviético no estaban en contra de que Lech fichase por un equipo profesional del bloque occidental. Al parecer incluso estaban a favor, para así no tener como rival a un ciclista que en demasiadas oportunidades había importunado sobre la carretera a los ciclistas del seleccionador soviético Kapitonov. De esta manera informaron favorablemente a la Federación de Polonia para que ésta diese el visto bueno al fichaje por Del Tongo.

A mediados de aquel 1.985 el entendimiento entre todas las partes significaba que Ernesto Colnago pudiese llevarse a Piasecki a Italia. Pero en ese año, Lech ganó la Carrera de la Paz y el mundial para aficionados que se disputó en Giavera del Montello. Ante esto, la federación polaca dio marcha atrás. Piasecki había pasado a ser demasiado importante para el ciclismo de aquel país como para que se lo llevasen a un equipo italiano. Ernesto Colnago interpretó esto como un simple aumento del precio del fichaje. Colnago estuvo enviando diez bicicletas mensuales hacia Varsovia, lo que propició finalmente el traspaso. Lo que no les podemos precisar es durante cuánto tiempo realizó esos envíos.

Piasecki fue un magnífico contrarrelojista. Ya en el año de su debut con los “pros”, en el Giro de 1.986 ganó una de las cronometradas individuales; y también venció con Del Tongo en la de por escuadras. Consiguió más victorias: en la Firenza- Pistoia, y en el Trofeo Baracchi (contra reloj por parejas) junto a su compañero Beppe Saronni… En conjunto su campaña inicial fue muy prometedora. Pero la mejor anécdota definidora de su increíble fuerza de voluntad fue lo sucedido aquel año 1.986 en la Coors Classic de USA. Nuestro protagonista se hizo una profunda herida en un codo tras una caída. A Lech le suturaron con doce puntos. A la mañana siguiente le administraron medicación para impedir que perdiese sangre. Pero esa medicación cedió como consecuencia del esfuerzo que estaba realizando. Piasecki llegó así a perder dos litros de sangre [sic]. Al finalizar la etapa los médicos le obligaron a abandonar la prueba pese a la oposición de Piasecki: “No es nada, puedo continuar, debo ayudar a mis compañeros de equipo”. Como hemos escrito, Lech se recuperó de aquello y ya en septiembre ganó con Saronni el Trofeo Baracchi.

No obstante, no a todos los ciclistas que lo deseaban las respectivas autoridades les permitían abandonar sus países originarios…

El último de los equipos de la lista de participantes de aquel Tour de 1.987 se llamaba ANC Halfords-Ever Ready y era británico. Veinte años después de la muerte de Tom Simpson en el Ventoux, ANC se convirtió en el primer equipo comercial británico participante en la Grande Boucle. Las participaciones anteriores de equipos británicos se habían limitado hasta ese día a la selección nacional.

Profundizar en la personalidad de Tonny Capper, el creador de este equipo inglés, es un empezar y no parar. Inabarcable en un artículo como éste. Un auténtico arribista, buscador de las oportunidades más insospechadas. Un hombre poco claro en sus acciones, siempre al filo de la ley, a la que permanentemente efectuaba “driblings”, con un pasado oscuro en la policía inglesa de donde fue expulsado. Un personaje que en la actual sociedad española hubiera triunfado sin ningún género de dudas porque era en esos caldos de cultivo donde nuestro Tonny Capper sabía moverse a la perfección. Un “conseguidor” que se denomina hoy día. Ustedes ya me entienden. En los últimos días de ese Tour, cuando su equipo ya estaba numéricamente muy mermado, se dedicó a invitar a familiares y amigos a las habitaciones de los hoteles. Total, el alojamiento estaba ya pagado… Huelga decir que aquel proyecto acabó como el rosario de la aurora.

Con todo esto, resulta difícil (o fácil, como ustedes prefieran, conociendo la personalidad de Capper) entender cómo ANC se llegó a ganar un hueco entre los equipos que partieron de Berlín en aquel Tour. Porque el nivel deportivo de aquella escuadra no era en absoluto rutilante. Incluso con ciclistas que entraron al Tour totalmente de casualidad como ahora mismo veremos. Phil Griffiths ejercía de director deportivo. Durante ese 1.987 y previo al Tour, los logros de ANC fueron una sobresaliente actuación de Paul Watson en la Flecha Valona, la victoria de Adrian Timmis en una etapa del Midi Libre, y la victoria del sprinter Malcolm Elliot en la Milk Race inglesa. Poco más.

Era efectivamente Malcolm Elliot el ciclista más famoso ya por entonces de aquel equipo, y el que más carrera haría posteriormente en el ciclismo. Durante una estancia de Elliot en Australia, conoció a un ciclista checoslovaco llamado Kvetoslav Palov, y que también acabaría tomando la salida en Berlín en aquel Tour con el dorsal 225 en el equipo ANC. Palov: nuestro tercer protagonista.

Relataba Kvetoslav Palov: “Me escapé desde Italia, cuando estaba disputando el Giro de los Abruzzos con la selección checoslovaca. Le dije al responsable del equipo que iba a dar un paseo por el pueblo de Pescara y me fui a Alemania Federal, porque tengo las cosas muy claras y bajo ningún concepto quiero regresar a Checoslovaquia”. “En juveniles siempre formé parte de la selección de mi país. Fui candidato para los JJOO de Los Ángeles en 1.984 y para la Carrera de la Paz en 1.985 y 1.986… pero no participé en ninguna de las tres. En los JJOO de Los Ángeles por culpa del boicot de los países orientales europeos. Ante las cámaras de televisión nos obligaban a decir que estábamos de acuerdo con el régimen de nuestro país, aunque fuera todo lo contrario. No pude hablar del tema y me callé porque sabía que algún día todo iba a ser distinto”.

En 1.985 Palov acabó quinto en la Milk Race y segundo en el Giro de Abruzzos. Una fractura de clavícula le impidió tomar la salida en la Carrera de la Paz de aquel año. “Me aseguraron que tomaría la salida al año siguiente. Pero entonces sucedió lo de Chernobil, con todas sus mentiras y…Me negué a viajar hasta Kiev, ciudad desde donde salía la carrera. En fin. En el Giro de los Abruzzos me escapé. No podía soportar más las mentiras del régimen”. Una vez llegó a Alemania Federal desde Pescara, Palov viajó hasta Australia. Desde allí envió cartas a equipos amateurs suizos y franceses. En Suiza no querían darle un visado y de Francia no obtuvo respuestas. Tras contactar con Malcolm Elliot consiguió que, en lugar de debutar como amateur en la “Europa libre”, debutase como profesional en todo un Tour de Francia. “Ha sido una experiencia muy dura, pero siempre es mejor sufrir en libertad que vivir en Checoslovaquia según unas reglas que odio”.

En Brno (Checoslovaquia) Kvetoslav dejó a su madre viuda. Contaba al respecto: “Al principio mi madre tuvo algunas dificultades con la policía, cuando se enteraron de mi huída. Ahora ya la dejan en paz. Una mujer sola, viuda de 53 años, no tiene importancia para ellos”.

Palov había aprendido el idioma inglés en la universidad, allá en Checoslovaquia. Y esa fue una de las causas de sus posteriores problemas: “Durante la Vuelta a Texas de 1.984, yo era el único del equipo checoslovaco que podía entenderme con los ciclistas estadounidenses. Entablé buena amistad con ellos. Hasta que un día mi entrenador me dijo que no podía seguir así. Que no podía hablar con los ciclistas estadounidenses porque sino mi federación no contaría conmigo para volver a viajar al extranjero. Entonces comprendí que tenía que escapar y aquí estoy, mientras que el entrenador que tenía entonces…todavía sigue tras ese vergonzoso telón de acero que hay en Berlín”.

De los 135 ciclistas que llegaron a París en aquel Tour del 87, Palov se clasificó en un muy digno 103º puesto para ser un debutante, a casi tres horas del vencedor Stephen Roche.

Quien sí que llegó a superar literalmente el muro fue Bern Kohl. Pero este no era ciclista.

En la salida de Berlín, el equipo Panasonic iba a ser dirigido por enésima ocasión por Peter Post. En sus tiempos de ciclista, Post alcanzó 65 victorias en pruebas de Seis Días en pista. Post viajó como ciclista por medio mundo. También por la RDA. También por Berlín Oriental. Fue en una época donde todavía no se había levantado el muro. Peter Post tenía por entonces un mecánico alemán cuando actuaba en velódromos alemanes. Su nombre era Bern Kohl y más que mecánico era su amigo. Hasta que el muro les separó. En 1.987 hacía más de diez años que Peter Post no sabía nada de Bern Kohl, hasta que éste, en la salida de Berlín, se presentó delante de Peter con algunos años más pero rebosante de salud. Fue un encuentro sorpresivo y emocionante. Sólamente hacía seis meses que Kohl había saltado el muro hacia lo que él llamaba la “libertad”. Recordaba a los periodistas como, siendo mecánico de la selección de la RDA, fue expulsado de esa función por haber ayudado a un corredor holandés durante una carrera.

No sólo hubo muros en la parte central europea. Hubo uno muy cercano: los Pirineos. Tras el golpe de estado pergeñado por los Mola, Franco y demás, y la posterior guerra civil, a la dificultad intrínseca que para traspasar la frontera con Francia suponía el relieve físico pirenaico, se sumó la instalación de los llamados “nidos de ametralladora” en las carreteras que discurrían hacia esa muga. Nuestras fronteras quedaron cerradas y nadie podía salir del país salvo para casos muy concretos y con un permiso especial. Sin embargo fueron numerosas las personas que burlaron la vigilancia gracias a que otras se dedicaron al negocio de guiar a los y las fugitivas. Bien a través de los propios Pirineos, bien a través de embarcaciones que salían desde la costa guipuzcoana hacia Iparralde. Situaciones de riesgo, en definitiva, muy similares a las del muro berlinés. Y entre esas personas fugitivas, cómo no, también había ciclistas.

En un régimen tan orgulloso, tan altanero y tan represor como fue el franquista, cuesta entender el caso del valenciano José Pérez Llácer. Este ciclista logró traspasar ilegalmente la frontera pirenaica caminando por la noche y con la bicicleta al hombro. Se enroló en equipos franceses (y hasta belgas) como el Alcyon-Dunlop y el Terrot. Pero cuando las autoridades españolas abrieron la mano, Pérez Llácer regresó a España y corrió con el U.C. Tarrasa. Ahora viene lo más increíble de su caso. Durante los años 1.952 y 1.954, compatibilizó su estancia en el equipo Terrot con la defensa de los colores de la selección española en el Tour de Francia, pese a su “traición” de abandonar el país. Pero es que además, militó en 1.957 en aquel equipo denominado “Guardia de Franco”.

Hemos dejado para el final el que hemos considerado el caso más divertido. El también valenciano Tomás Calvo no debía ser un ciclista al uso. Sin embargo tuvo conocimiento de que una etapa de una edición de la actual Volta a Catalunya iba a finalizar en Perpignan, cruzando por tanto la frontera en plena competición, y con ella abierta al paso de los ciclistas. Tomás, que no debía, insistimos, ser un ciclista reconocido, se las apañó para que la Volta lo aceptara como participante. Entrenó con el sólo objetivo de no entrar fuera de control en ninguna de las etapas previas a la de Perpignan. A duras penas logró su objetivo y por fin cruzó la frontera. Ya en Perpignan, burló la discreta vigilancia policial a la que estaban sometidos los componentes de la caravana deportiva y montó en un tren con destino a París. Sin comprar siquiera billete, porque no le llegaba para ello. Ya le daba igual. Había saltado el muro.

RAÚL ANSÓ ARROBARREN

@ranbarren