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¿Volveremos a ver al mejor Philippe Gilbert?

El rey de los últimos metros. Pese a que no haya sido su mejor año, es el mejor en lo suyo, en una especialidad en la que las leyendas no se crean por victorias, sino por legado, por recuerdo. Vandenbroucke, por poner un ejemplo, no logró tantas primeras plazas. En cambio, es un mito por sus destellos, por algún gesto que le hizo único. Como Philippe. 

No sólo fue su gran año, un 2011 maravilloso, repleto de trofeos y gloria. Fue la forma en la que despreciaba al segundo puesto y siempre quería más y más, la forma en la que se enfrentaba a la derrota y la dejaba atrás. Esa ambición, ese ansia por llegar solo a meta, sin nadie que arruinase su foto es lo que le ha hecho grande.

Todo a sabiendas de que de una forma más conservadora tendría aún más opciones de ganar, sin arriesgar. Pero eso no sirve a quien no busca la victoria nominal, sino la real, ser el mejor sin discusión, el primero que cruza la línea, pero el primero que la vislumbra. Su mal 2012 -campeón del mundo- y 2013 no le han bajado del pedestal en el que los amantes a las carreras de un día le subieron.

Eso sí, su margen es limitado ya. Debe ser el Gilbert que pelea por ganar, no sólo por mostrar su maillot delante. Sin el arcoiris le será más sencillo pasar desapercibido, tener ese poso de sorpresa con el que los grandes dejan de correr. Por eso sabe que algo tiene que cambiar y que los días de competición inútiles sólo le conducen a perder la frescura que le hace falta.

Dejando de lado Flandes, su preparación muscular será diferente, por lo que se adaptará mejor a las colinas, a esas cotas con las que tanto ha jugado estando en plena forma, donde ha gestado su palmarés. ¿Volverá a ser el Gilbert de siempre?

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