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Nibali, il piccolo motore (la historia de un romántico)

No hay corredor más bravo en la actualidad. Ni Contador, ni Rodríguez, ni Quintana. Un ciclista cuyo máximo objetivo es vencer a lo grande, poniendo en práctica lo que veía en televisión de la mano de Pantani o Gotti. Ser primero significaba mucho más que cruzar primero una línea. Era demostrar que el trabajo y el sacrificio habían impulsado a un ciclista a reinar sobre la carretera durante un mes concreto. A todos los niveles. 

Cuenta la leyenda que se enganchó al ciclismo gracias a su padre, que le regaló una bicicleta que ambos pintarían de color rojo. Premonición, para quienes crean en el destino, del maillot rojo de la Vuelta, la primera grande que ha figurado en su palmarés. Junto a Salvatore pasaba largas horas viendo reportajes en televisión sobre ciclismo, los grandes mitos ante sus ojos. Aquellas gestas chocan con el ciclismo de ahora, calculado al milímetro.

Su padre le remolcaba en la subida al Etna, puerto al que ascendía ya con 10 años. Pero su pasión era el descenso. Gracias a su temeridad se ganó otro regalo de sus padres: un casco. A los 14 comenzó a competir, pero se trasladaría a la Toscana con 16, donde vive desde entonces, pese a que el viajante mundo del ciclismo haga cambiar su ubicación de forma constante.

Irónicamente, y aunque escalase el Etna, sus primeros registros de impresión se dieron en contrarreloj. Como junior y sub-23 llegó a ser medallista en Campeonatos del Mundo en la disciplina individual. Todo hasta 2005, cuando Giancarlo Ferreti pensó en él para su Fassa Bortolo. En uno de los equipos más potentes del momento tuvo un debut con sentimientos encontrados.

La leyenda cuenta que Vincenzo, con la cabeza actualmente bien amueblada, tenía una concepción de sí mismo que se excedía. Sí, era muy bueno y sería mejor, pero para aprender primero hay que reconocerse la capacidad de mejora, la imperfección. Por eso el estricto director le llevó al Giro de Italia, pero sin competir, para que aprendiera el esfuerzo y sacrificio que conllevaba una carrera grande.

Ya en su primer año ganaría, pero en el segundo se impuso a un clasicómano como Flecha en el GP de Plouay. Buen contrarrelojista y clasicómano. Sin embargo, él tenía muy claro que su lugar eran las grandes vueltas, para lo que se fue preparando una vez firmó por el sólido Liquigas. Allí no tuvo más remedio que acudir al Giro. En 2007 fue testigo de la victoria de su compañero Di Luca. Aprendió del éxito desde el trabajo anónimo por otro ciclista.

El año anterior y el mencionado 2007 le servirían para debutar en el Mundial contrarreloj representando a Italia. Qué cosas, quién lo iba a decir. Tras acercarse progresivamente a los diez primeros clasificados en la corsa rosa, debutaría en el Tour. Lo hizo tras sufrir la paliza del Giro 2008, en el que finalizó 11º. Llegaría a París en la posición veinte, a casi media hora de Carlos Sastre.

En 2009 sería diferente. Conquistó el séptimo puesto mostrando una regularidad que dejaban fuera de duda su capacidad para las grandes rondas. Lucía un maillot blanco que pertenecía a Andy Schleck, pero sabía que el futuro no sería del luxemburgués, sino suyo. La prensa italiana criticó duramente al joven siciliano, como ya hiciera con su curiosamente compañero, Ivan Basso, por obviar el Giro, lo cual estaba previsto también para 2010.

Sin embargo, la casualidad -y Pelizzoti- le llevó a la salida de Holanda. A regañadientes, casi de rebote, firmó un tercer peldaño del podio que sin la escapada de L’Aquila hubiese sido un segundo, ganando una etapa a lo campeón y realizando una soberbia ascensión a los puertos. Había un gran campeón en ciernes. ¿Qué hubiera pasado sin Ivan Basso en su equipo?

En la Vuelta ya se destapó del todo y no le quedó más remedio que acudir al Giro a defender la ronda de su país de asaltantes extranjeros como el imperial Alberto Contador. En su duelo perdió por mucho, pero ha clamado venganza. Una vez prueba sangre, un ‘Tiburón’ no sacia su apetito con otra cosa.

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