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Chente Gª Acosta, el Talgo de Tafalla

Hablar del navarro es hacerlo de un pedazo de la historia más reciente del ciclismo español. Hacerlo de su carrera es repasar uno a uno a todos los grandes líderes que han pasado por las manos de Eusebio Unzue, desde Indurain hasta Valverde. Desde Olano a Menchov, pasando por Zulle, Mancebo o el Chava. Sirviendo en bandeja en todo momento a los grandes y aún teniendo ocasión de obtener memorables victorias.

Fue uno de los que vio apagarse el mito. Indurain se bajó de la bici para no subirse más. Allí estaba él, joven y con ese carácter fiel que le acompañaría a lo largo de su travesía por el profesionalismo. Con la retirada de su paisano, tendría que rendir para otro gran líder, el considerado como heredero del gran campeón de Villava, Abraham Olano. El ex del Mapei sería una gran decepción, pero allí estaría Chente para resolverle situaciones difíciles.

De hecho, 1997 le supuso un sabor agridulce. Es cierto que el vasco no tuvo su mejor temporada, pero en la llegada al Naranco levantaría los brazos en plena Vuelta. Una victoria muy celebrada, puesto que entonces los ciclistas nacionales tenían que sufrir mucho para lograr una etapa incluso en la ronda de casa. Una fuga de trece y entre ellos, él, el más fuerte.

Intentaría conseguir la etapa en el Tour, ya con libertad tras el adiós a la carrera de Olano, al que salvaría a final de temporada una victoria en la Vuelta a España con su trabajo camino de la cima de Navacerrada. Volvemos a la ronda gala. Etapa 13. Largas escapadas, ataques y contrataques. En línea de meta le superó sólo un corredor y por menos de un tubular, Danielle Nardello. Una oportunidad única que pensaba entonces no se volvería a dar. Drauguignan, Tour del año 2000. Una larga fuga de nuevo, un grupo amplio de corredores, llega un repecho.

Aquí viene una de las teorías maestras de cómo resolver una fuga. Lección que nos da Chente. Repecho, la creencia de que para hacer la diferencia hay que arrancar en él. En cambio, el navarro abre su ataque justo en la cima del mismo, forzando en la parte de subida y tomando la inercia de la pérdida de pendiente. El rival se sienta y a dejarse el corazón hasta la meta. Así venció nuestro protagonista a Nicolas Jalabert, hermanísimo de Laurent.

La anécdota está en el podio. El día soñado para uno de los que más merecían esa etapa en todo el pelotón. El sueño de subir al podio, la música sonando y el beso de las azafatas. En cambio, este último hecho no sucedió, ya que el premio fue entregado por un sonrojado niño. Curiosidad que no resta importancia a la gesta de un hombre poco acostumbrado a ganar y a los focos.

Volvería a sus labores de gregario con algún intento puntual de filtrarse en escapadas. Se insertaría en una más que le llevaría a la gloria, realizando una auténtica exhibición de fuerza. Camino de Ávila arrancó en el puerto de Navalmoral y después nadie pudo alcanzar a un formidable rodador como él.

Los últimos años de su carrera los ha dedicado más al trabajo oscuro que a sí mismo. Un hombre de equipo impagable, capitán y experto, un director en carrera que hacía las cosas más fáciles tanto a sus compañeros como a los integrantes del coche. No es casualidad que después haya pasado al staff técnico del Movistar. Ya lo era aún dando pedales desde el pelotón.

Ph: Movistar

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